Convivencia de fin de curso de 1º de confirmación.

El pasado sábado 16 de junio, los jóvenes que han terminado el primer curso de preparación para la confirmación, pasaron juntos el día en una jornada de convivencia.

A las 10 de la mañana se daban cita en el Atrio de la Basílica más de 50 jóvenes, que en compañía de la mayoría de los matrimonios que este año les han guiado en su itinerario catequético, partieron hacia el monte Arabí, donde uno de los matrimonios, Pedro Luis López y Emilia Torres, pusiron a disposición de la parroquia y de los jóvenes su casa de campo.

La convivencia comenzó con el rezo de laudes, donde el coadjutor proclamó el Evangelio de «el Niño Jesús perdido y hallado en el templo», haciendo alusión al modo en el que hemos de pasar las vacaciones para no perder en nuestra vida a Cristo, y al mismo tiempo se remarcó la necesidad que tenemos que imitar a la Virgen María: de la misma forma que Ella guardaba las palabras de Jesús en su corazón, hemos de guardar también nosotros todo aquello que el Señor nos regala a través de la enseñanza de la Iglesia.

Seguidamente los catequistas organizaron una ginkana con pruebas relacionadas con los mandamientos que durante el curso los jóvenes han tratado en la catequesis. Después hubo tiempo para refrescarse en la piscina.

Por último, por la tarde se celebró la Eucaristía en un clima festivo.

Para meditar el día del Sagrado Corazón.

«¿CÓMO ES EL CORAZÓN DE CRISTO PARA TENER SUS MISMOS SENTIMIENTOS?».

Un año más llega la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, una oportunidad única para que nuevamente tomemos conciencia del gran amor que nos tiene Dios a cada uno de nosotros.

El Corazón traspasado de Cristo ha entregado hasta la última gota de su sangre para ganarnos, para comprarnos, para pagar la culpa que merecemos por nuestros pecados. Dios hizo al hombre para el cielo, para que vivamos en relación con Él, pero el pecado abrió un abismo entre Él y nosotros que no podemos superar. Sin embargo, por su gran misericordia, Dios quiso realizar la obra de la redención para construir un puente que salve dicho abismo, un puente cuyas piedras han sido colocadas en la pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuya argamasa es la sangre de su Corazón amoroso, que está sostenido por el madero de la Cruz y que ha sido inaugurado en su Resurrección. Ese puente es el que permite que podamos conocer al Señor, el que a pesar de las caídas de nuestros pecados podamos levantarnos y seguir el camino de la fe experimentando la misericordia de Dios que llena su corazón traspasado, vacío de sangre pero rebosante de amor por ti y por mí.

Poniendo nuestra mirada en la imagen del Sagrado Corazón vemos como nos muestra precisamente ese camino que hemos de seguir: nos señala su Corazón. Claro que sí, el Señor nos invita a seguirle, a actuar según los designios de su Corazón, a impregnar cada vez más nuestra vida de su amor, a tener sus mismos sentimientos, a dejar que nuestro corazón se vaya transformando poco a poco en el suyo. ¡Qué camino más sublime! Pero, ¿cómo puedo yo hacer que mi corazón se parezca al de Cristo? No podemos con nuestras propias fuerzas, pero es el Señor el que está empeñado en ello, es Él el que “nos llama a participar de su vida, el que nos enriquece en todo” (Cf. 1Co 6-9). Nosotros solo hemos de dejar que Él vaya haciendo su obra, cooperando al preparar nuestro corazón vaciándolo de tantas cosas que lo llenan y no dejan espacio para que el Señor habite en él y pueda ir transformándolo, poniéndonos a tiro en la oración, buscando los momentos de coloquio sosegado con Cristo, participando de la gracia de los sacramentos.

Y ¿cómo es el Corazón de Cristo, al cual ha de ir pareciéndose el nuestro? Es un Corazón amoroso, que ama como ningún otro, que se entrega por amor a nosotros. Él no es un Dios lejano, impasible ante los sufrimientos del hombre, sino que ha entrado en nuestra humanidad, compartiendo nuestra condición humana y elevándola para que podamos vivir en relación con Él una vida plena y llena de sentido. Vivir así no sería posible sin conocer su Corazón, fuente inagotable de amor. Ayúdanos Señor a poder avanzar cada día en el conocimiento de tu corazón, a parecernos más a ti, a ir dejando en nuestra vida todas aquellas actitudes y cosas que nos alejan de ti y no nos permiten experimentar la presencia de tu Corazón latente.

Pero su Corazón está también herido. Herido por nuestras flaquezas y pecados, por nuestra falta de caridad con el prójimo, nuestro egoísmo y amor propio; herido por todos aquellos que viven de espaldas a Dios, que le rechazan y ofenden; herido por nuestra falta de oración y de trato íntimo con Él; herido por las infidelidades de los consagrados, de los sacerdotes, los religiosos y de todos los cristianos. Menos mal que el Corazón de Cristo es también olvidadizo y compasivo, y perdona nuestros extravíos cuando nos ve acudir a Él arrepentidos y sedientos de perdón por tantas ofensas que le causamos. Si esto es así ¿cómo no vamos a acercarnos con confianza a Cristo? Hemos de preguntarnos qué cosas hay en nosotros que no son del agrado del Señor, qué cosas hieren su corazón, y a la vez, tomar conciencia de si reparamos por nuestros fallos, si verdaderamente deseamos desterrarlos de nuestra vida. Si nos ponemos en esta disposición, la gracia de Dios no nos va a faltar.

Al mismo tiempo el Corazón de Cristo está deseoso y sediento de nuestro amor, de que vayamos a su encuentro, de que le amemos con corazón generoso y agradecido. Quiere que nos dejemos en sus manos y que confiemos en Él, que no pongamos en nuestra vida otros ídolos por delante de su Corazón, como el dinero, el poder, la buena fama… Y todo esto lo quiere por la misma razón del amor que nos tiene, porque quiere que seamos verdaderamente felices ya aquí en esta vida, y solo podremos serlo en la medida en que acudamos a su encuentro, en la medida en que entreguemos nuestro corazón al suyo. Es lo que el propio Corazón de Jesús le pidió a Santa margarita de Alacoque: “si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades, al menos tú ámame». Así que ¿por qué no nos decidimos a amarle y a confiar en Él? Como decía Santa Maravillas de Jesús: “Todo está en confiar del todo en su corazón, en abandonarse amorosamente en sus manos”. Si Él nos ama así, si Él es nuestro Pastor, ¿qué nos puede faltar?… Confiemos en su voluntad.

Por último su Corazón está también abierto y traspasado por la lanzada del centurión en la Cruz, donde ha vertido hasta la última gota de su sangre por amor a nosotros, donde ha derramado su misericordia sobre los hombres. Nos ha abierto su Corazón para acogernos en su interior, para que anidemos en Él como la paloma hace su nido. Entrar en su Corazón abierto es vivir en el verdadero monte Tabor, porque solo ahí podremos encontrar la paz que anhelamos, nuestra vida será según su voluntad y podremos decir “que bien se está aquí”, a pesar de nuestras tribulaciones.

Solo si anidamos en el interior de su Corazón, podremos ir pareciéndonos a Él, solo así de nuestro corazón podrá ir brotando amor hacia los demás, deseos de entregarnos y de mirar menos nuestro propio interés. Quien vive de este modo es el que está preparado para cuando venga el hijo del hombre, porque vive en vela pendiente de su Señor (Cf. Mt 24,42-51). Así seremos verdaderamente portadores de su imagen, y podremos mostrar a todos los hombres su Corazón reflejado en el nuestro.

Encomendémonos a quien ha sido mejor que nadie reflejo del Corazón de Cristo, su santísima Madre, la Purísima, cuyo corazón estaba tan unido a su Hijo que no se separó de Él ni en los momentos de sufrimiento, incluso en la cruz. Siguiendo su ejemplo, vivamos unidos a nuestro Señor hasta el extremo, entregándonos sin reservas a su amor transformante.

Asensio Morales Caravaca.

A VUELTAS CON LAS CLASES DE RELIGIÓN. Por José A. Abellán.

Cuando llega el momento de matricular a los niños y adolescentes en las escuelas e institutos salen con frecuencia campañas para conseguir que la clase de la religión sea excluida del curriculum escolar. Es un empeño constante por parte de los grupos que consideran que la enseñanza religiosa debe ser eliminada.

De nada sirve recordar que la enseñanza religiosa es necesaria para conocer y vivir nuestra cultura y sus expresiones musicales, arquitectónicas, pictóricas tradicionales, nuestra historia, los valores que la informan… ellos erre que erre. Lo que desean es una sociedad que dicen laica, pero que es atea. No van a eliminar la fe, no pueden, pero sí quieren arrinconarla como si fuera un estorbo para el desarrollo de la sociedad, aceptan, por ahora, libertad de culto, pero no libertad de enseñanza. Quieren imponer una ideología de la que la sociedad no participa y que, además, va en contra de la propia naturaleza humana que desde sus orígenes, ya allá en los tiempos de los neandertales,  se ha manifestado religiosa. Sólo es necesario para comprobar esto mirar la historia en su desarrollo hasta el momento presente en cualquier lugar del planeta.

La voluntad que se empeñan en conseguir es eliminar la libertad religiosa y, consecuentemente, la libertad de los ciudadanos. Hay que creer lo que ellos creen y como ellos lo creen. Hay que vivir como ellos dicen que hay que vivir. Les encanta ser controladores de los demás, estar por encima, sentirse superiores considerando a los que no piensan como ellos como personas de menor calidad, y engañan a los que no piensan en las consecuencias que se deducen de esa pretensión. Hay que conseguir que nadie se haga preguntas trascendentales: Qué es el ser humano, cuál es su origen y su fin, por qué el hombre no se doblega ante la muerte… qué es la justicia, la libertad, la verdad, la bondad y la belleza… Pretenden seres humanos autómatas, sin capacidad de pensamiento.

Ahora hay otra campaña dulcemente ofertada: Lo que el Estado se gasta en pagar a los profesores de religión se podría invertir en profesorado para lenguas extranjeras, eso sí que es importante. Si los niños saben idiomas extranjeros tendrán mejor calidad de vida. No sé si eso es verdad, lo que sí sé es que la seguridad de la vida no la da el conocimiento idiomático, ni matemático, ni de cualquier profesión. La seguridad de la vida la da el saber el porqué y el para qué de la existencia personal y comunitaria, y eso sólo lo da la vida religiosa. Para ellos la vida del hombre consiste en nacer y morirse y, entre medias, vivir sin razonar. Otros se encargarán de pensar y razonar por ellos.

Claro, que esto lo digo yo, que soy un hombre religioso, podrán responderme, pero no, no es porque sea un hombre religioso, que lo soy, sino porque quiero ser un hombre libre, incluso con derecho a equivocarme, y defiendo la libertad y no quiero una sociedad controlada por una ideología que excluye la razón y la capacidad de pensar de los humanos. Sociedades así formadas ya las hemos vivido tristemente en el siglo XX y perduran en Estados dictatoriales en el siglo XXI.

La bondad de la vida no es sólo responder a las necesidades materiales primarias de comer, beber y vestirse, la bondad de la vida tiene que hacer posible la capacidad que tenemos los hombres de buscar más allá de lo que se ve a primera instancia, de encontrar un espacio mental y social donde cada ser humano encaje sus inquietudes más profundas de justicia, de verdad, de perdón, de amor, de compasión…

Algunos padres, incluso viniendo a la Iglesia y confesándose católicos, a la hora de decidir la educación para sus hijos, caen en el equívoco de dar la razón a los que proclaman la eliminación de la educación religiosa. Ellos creen en Dios, así lo piensan pero ¿creerán sus hijos o caerán víctimas de esa ideología atea y esclavizante que elimina la libertad? No puedo decir menos que me entristecen esos padres que no piensan en sus hijos más que para darles pan para hoy y hambre para mañana.

¿Por qué tanto empeño en eliminar la enseñanza religiosa en España? En Europa no ocurre así en el conjunto de los países que la formamos y son países con una cultura democrática muy larga en la historia. Sólo en Francia no se dan clases de religión en la escuelas públicas, excepto en las regiones de Lorena y Alsacia, sí en las privadas, pero en las públicas se permite la enseñanza de catequesis, y en ese país vecino se están planteando volver a implantar la enseñanza religiosa en el horario escolar. En el resto de los países hay en unos obligación de ofertar la clase de religión para libre elección de los padres y alumnos, como ahora ocurre en España, y en muchos de esos países con mejores condiciones que en España, y en otros incluso con obligación de docencia aunque haya posibilidad de exención de asistir en casos concretos. Alemania, Luxemburgo, Reino Unido, Grecia, Suecia, Austria, Finlandia, Holanda, Italia, Bélgica, Dinamarca, Portugal, Bulgaria, Croacia, Noruega, Polonia, Suiza, Irlanda, Lituania. En todos estos países hay clase de religión en las escuelas e institutos.

Resumo y concluyo. Negar la posibilidad de la enseñanza religiosa es negar la posibilidad de libertad religiosa como espacio vital y consecuentemente la libertad de pensamiento, de libertad de decidir y de modo de vivir, es abrir la puerta a un estilo de sociedad donde el pensamiento humano es reprimido y encarcelado. Hay que exigir que las clases de religión sean serias y fieles a la fe religiosa que las ocupan y que los profesores sean responsables y serios en la enseñanza de la clase de religión, pero ese es otro capítulo que no podemos eludir aunque ahora no lo podamos tratar.

José Antonio Abellán

El día del Corpus en Yecla.

El pasado domingo 10 de junio, celebrábamos la solemnidad del Corpus Christi, y en nuestra ciudad de Yecla los actos de dicha solemnidad se centran en la Basílica de la Purísima.

En los días previos se instaló en la Basílica el fabuloso altar de insignias, compuesto por la carroza procesional del Santísimo Sacramento, las imágenes de San Pascual, el Niño Jesús y la imagen de la Purísima de la Capilla de la Comunión, todos los estandartes de las cofradías, hermandades y asociaciones religiosas de Yecla, además de incensarios, el terno solemne de la fiesta del Corpus, el tintinábulo y la umbrella basilicales…

El domingo, el párroco-rector de la Basílica D. José Antonio celebró la Misa solemne acompañado por la escuela de monaguillos en pleno. De la parte musical se encargó el organista de la Basílica y la Coral 610 de Yecla.

Terminada la Eucaristía tuvo lugar el “bando del Corpus”, en el que el Párroco de la Purísima acompañado por miembros del Real Cabildo Superior de Cofradías Pasionarias de Yecla y la Banda de tambores y cornetas del Cristo de la Agonía, hicieron el itinerario tradicional de la procesión bendiciendo los ocho altares levantados para la ocasión.

A las 8 de la tarde dio comienzo la solemne procesión, participando en ella la Banda de tambores y cornetas del Cristo de la Agonía, las Agrupaciones Musicales de Sta. María Magdalena y de San Pedro Apóstol, y cerrando el cortejo la banda de la Asociación de Amigos de la Música de Yecla. Todas las cofradías y hermandades participaron desfilando con sus respectivos estandartes y representaciones, portando en andas también a las pequeñas imágenes del Niño Jesús, San Pascual Bailón y la Purísima. Y no podían faltar cientos de niños de primera comunión de las cuatro parroquias de Yecla, que llevaron a cabo la danza del Corpus acompañados por miembros de la Agrupación de Coros y Danzas Francisco Salzillo de Yecla. Esta misma agrupación confeccionó también el alfombrado del Atrio de la Purísima con dibujos eucarísticos realizados con flores.

Son muy numerosos los fieles que muestran su devoción a Cristo Eucaristía poniéndose de rodillas al paso de la custodia, cantando o simplemente acompañando al Señor en la procesión. A este respecto este año se introdujo el tercio de alumbrantes, compuesto por más de un centenar de fieles devotos que precedieron a la custodia procesional portando velas.

Homilía de Benedicto XVI en la solemnidad del Corpus Christi.

La adoración eucarística, experiencia de ser Iglesia.

En Roma, el jueves 7 de junio de 2012, Solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el santo padre Benedicto XVI celebró la Santa Misa ante la basílica de San Juan de Letrán. Presidió luego la procesión eucarística que, recorriendo vía Merulana, llegó hasta la basílica de Santa María la Mayor.

Publicamos la homilía que el papa dirigió a los fieles en el curso de la celebración eucarística.

¡Queridos hermanos y hermanas!

Esta tarde querría meditar con vosotros sobre dos aspectos, entre ellos conectados, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad.

Es importante volverlos a tomar en consideración para preservarlos de visiones no completas del Misterio mismo, como aquellas que se han dado en el reciente pasado.

Sobre todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento. Es la experiencia que también esta tarde viviremos tras la Misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y al término. Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II ha penalizado esta dimensión, restringiendo en práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo nutre y lo une a Sí en la ofrenda del Sacrificio. Esta valorización de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, sigue siendo naturalmente válida, pero debe resituarse en el justo equilibrio. En efecto –como a menudo sucede- para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro. En este caso, la acentuación sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como “Corazón latiente” de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades. El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.

En realidad es equivocado contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competencia. Es justo lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento es como el “ambiente” espiritual dentro del que la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Sólo si es precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, después de que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestro sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.

En este sentido, me gusta subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración, estamos todos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del Amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido diversas veces en la basílica de San Pedro, y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes, recuerdo por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente a todos que estos momentos de vela eucarística preparan la celebración de la Santa Misa, preparan los corazones al encuentro, de manera que este resulta incluso más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento, es una de las experiencias más auténticas del nuestro ser Iglesia, que se acompaña en modo complementario con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida. Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntos. Para comunicar verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, plenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y lamentablemente, si falta esta dimensión, incluso la misma comunión sacramental puede llegar a ser, por nuestra parte, un gesto superficial. En cambio, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decir al Señor palabras de confianza, como las que han resonado hace poco en el Salmo responsorial: “Yo soy tu siervo, hijo de tu esclava:/ tu has roto mis cadenas./ Te ofreceré un sacrificio de alabanza/ e invocaré el nombre del señor” (Sal 115,16-17).

Ahora querría pasar brevemente al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí hemos sufrido en el pasado reciente un cierto malentendido del mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana respecto al culto ha sido influenciada por una cierta mentalidad secular de los años sesenta y setenta del

siglo pasado. Es verdad, y sigue siendo siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y sin embargo de esta novedad fundamental no se debe concluir que lo sacro no exista ya, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que hemos escuchado esta tarde en la segunda lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, “sumo sacerdote de los bienes futuros” (Heb 9,11), pero no dice que el sacerdocio se haya acabado. Cristo “es mediador de una alianza nueva” (Heb 9,15), establecida en su sangre, que purifica “nuestra conciencia de las obras de muerte” (Heb 9,14).

El no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un nuevo culto, que es sí plenamente espiritual pero que sin embargo, mientras estamos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que desaparecerán sólo al final, en la Jerusalén celeste, donde no habrá ya ningún templo (cfr Ap 21,22). Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede para los mandamientos, ¡también más exigente! No basta la observancia ritual, sino que se exige la purificación del corazón y la implicación de la vida.

Me gusta también subrayar que lo sacro tiene una función educativa, y su desaparición inevitablemente empobrece la cultura, en especial la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada y no necesitada ya de signos sacros, fuera abolida esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma resultaría “aplanado”, y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O pensemos en una madre o un padre que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad acabarían por dejar el campo libre a los tantos sucedáneos presentes en la sociedad de los consumos, a otros ritos y otros signos, que más fácilmente podrían convertirse en ídolos. Dios, nuestro Padre, no ha hecho así con la humanidad: ha enviado a su Hijo al mundo no para abolir, cino para dar cumplimiento también a lo sacro. En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento pascual. Actuando así se puso a sí mismo en el lugar de los sacrificios antiguos, pero hizo dentro de un rito, que mandó a los apóstoles perpetuar, como signo supremo del verdadero Sacro, que es El mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.

Convivencia de fin de curso de 2º de confirmación.

El pasado sábado 9 de junio, un grupo de jóvenes de 2º de confirmación de nuestra parroquia, pasó el día de convivencia para finalizar así el curso de catequesis.

Los muchachos se dieron cita a las once de la mañana en el Atrio de la Purísima para partir hacia el campo de Pepe y Elsa, unos de los catequistas de los jóvenes, que generosamente ponen su casa y su campo a disposición de la parroquia siempre que es necesario.

Una vez allí, la jornada comenzó con el rezo de laudes donde se proclamó el evangelio de Marta y María, poniendo de manifiesto que nosotros, como María, necesitamos dejar el mundanal ruido para poder escuchar la voz de Cristo que resuena en nuestro corazón.

Posteriormente hubo tiempo para la distensión hasta la hora de comer, jugar al fútbol, al tenis, y también refrescarse con el baño en la piscina.

El día terminó con la celebración de la Eucaristía. En ella se animó a los jóvenes a vivir unas vacaciones en Cristiano, ya que el Señor no se va de vacaciones. También, por encontrarnos en la solemnidad del Corpus Christi, se ensalzó la importancia de participar en la Eucaristía y lo que ello significa, así como la necesidad que tenemos de adentrarnos en la adoración Eucarística, en la que el sol de justicia que es Jesucristo nos va sacando de nuestras tinieblas para adentrarnos en la luz.

«Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío».

Con esta jaculatoria expresamos al Señor nuestra confianza en su misericordia. Dejamos de mirarnos a nosotros mismos para mirarlo a Él, Fuente de todo Consuelo, Vida y Esperanza de los pecadores, Abismo de todas las Virtudes y Remedio para todos los males.

El origen de la fiesta del Sagrado Corazón es la contemplación de Jesús Crucificado en el Viernes Santo, como la festividad del Corpus tiene su origen en la contemplación de la Institución de la Eucaristía el Jueves Santo.

De todas las llagas de la Pasión del Señor la llaga de su Sagrado Costado ha sido siempre la más contemplada y estudiada. San Juan en su evangelio habla de ella expresamente: “…cuando llegaron a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.
Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.” (Jn 19,33-37)

El Señor a Santa Margarita María quiso enseñarle místicamente el interior de esa llaga del Costado y ella vio el corazón de Jesús herido por la lanza, coronado de espinas y coronado por la cruz y envuelto en llamas. «Mira este Corazón mío, que a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo Sacramento de mi Amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradamente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio.»

Desde ese momento la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tomó el cariz especial de ser reparadora, es decir, escuela de agradecimiento al Señor por el inmenso amor que nos tiene y de voluntad de vivir correspondiendo a ese amor divino con nuestro propio amor especialmente en el Santísimo Sacramento del Altar.

En el lenguaje bíblico el «corazón» indica el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus intenciones. En el corazón del Redentor adoramos el amor de Dios a la humanidad, su voluntad de salvación universal, su infinita misericordia. Por tanto, rendir culto al Sagrado Corazón de Cristo significa adorar aquel Corazón que, después de habernos amado hasta el fin, fue traspasado por una lanza y, desde lo alto de la cruz, derramó sangre y agua, fuente inagotable de vida nueva.

Doce promesas hizo el Señor a Santa Margarita María para todos aquellos que rindiesen culto a su Sagrado Corazón:

  1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

  2. Pondré paz en sus familias.


  3. Les consolaré en sus penas.


  4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.


  5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.


  6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

  7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.


  8. Las almas tibias se volverán fervorosas.


  9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.


  10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.


  11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.


  12. Prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.

Los Primeros Viernes de cada mes son el día más propio para honrar al Corazón del Señor con la Comunión, la Confesión de los pecados y la Adoración del Santísimo Sacramento. Y anualmente en la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

El Beato Juan Pablo II instituyó para el día del Corazón de Jesús la Jornada Mundial de oración por los sacerdotes para que los presbíteros no antepongan nada al amor de Cristo. Confiemos, pues,  este día al Señor a todos los sacerdotes para que sean verdaderamente santos en el Señor.

San Francisco de Asís lloraba con frecuencia sin motivo aparente y cuando le preguntaban respondía: “El Amor no es amado, el Amor no es amado…” He aquí, pues, una de las claves fundamentales de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: El Señor desea ser amado porque de amar su amor depende la verdadera felicidad de cada uno de los hombres.

José Antonio Abellán

Pinchar aquí para ver el ejercicio del Mes del Corazón de Jesús.

Los chicos de 1º de confirmación terminan el curso.

El pasado jueves 7 de junio se puso punto y final al curso de catequesis de los jóvenes de 1º de confirmación.

Los 13 grupos de jóvenes se reunieron con sus catequistas y el coadjutor D. Asensio para tener una celebración en la capilla de la comunión de la Basílica. Con ella se concluía el último tema que los jóvenes han tratado, el 8º mandamiento. Al final de la celebración todos compartieron un ágape fraterno, con ambiente festivo, en el Atrio de la Purísima.

El próximo sábado día 16 de junio, de nuevo se reunirán los jóvenes de 1º para pasar el día de convivencia en un campo en el monte Arabí, donde habrá ocasión de celebrar la Eucaristía, disfrutar del campo y también del baño refrescante.

El balance que los catequistas han hecho de este curso ha sido muy positivo. El nuevo modo de impartir la catequesis en grupos de 9 ó 10 chicos con la guía de un matrimonio, teniendo las reuniones en el hogar de los catequistas, trabajando con la Biblia, teniendo también celebraciones en la Parroquia, y participando en la Eucaristía juvenil de los sábados, ha sido un revulsivo que ha servido para crear lazos entre los jóvenes con sus catequistas y también con la Parroquia.

“ME ACERCARÉ AL ALTAR DEL SEÑOR, AL DIOS DE MI ALEGRÍA…” (Sal 43,4)

Cristo es a la vez Sacerdote, Víctima y Altar. Así lo realizó en la cruz y así lo viene haciendo por medio del Sacramento de la Eucaristía hasta el final de los tiempos y por toda la eternidad.

El Viernes Santo, el Señor ofreció al Eterno Padre, para el perdón de los pecados de todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, su Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad, toda su persona divina y humana y esto es lo que nos mandó a sus discípulos que lo realizásemos en conmemoración suya en la tarde del Jueves Santo.

Cuando celebramos la Santa Misa Cristo mismo se hace presente en su Iglesia para actualizar su obra salvadora, regalarnos la unión con Él por medio de la Comunión y capacitarnos para ofrecernos junto con Él mismo a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo para gloria de Dios, salvación nuestra y de todos los hombres, nuestros hermanos.

El Señor se hace presente en la celebración de la Eucaristía por medio de su Cuerpo, que es la Iglesia, presidida por el ministro cualificado, sacramento de Cristo Cabeza, el sacerdote. Sin sacerdote no puede haber asamblea eucarística. Esa asamblea eucarística no es sólo el grupo de cristianos reunidos en un lugar, sino la Iglesia entera, no sólo la Iglesia peregrina en este mundo, sino también la iglesia purgante y la Iglesia triunfante que goza en el Cielo. Se hace presente también por medio de su Palabra proclamada y acogida por le pueblo fiel, que nos ilumina y anima a vivir en la fe. Y se hace presente de modo eminente, sublime y único por medio de las especies sacramentales del Pan y del Vino convertidas por su propia Palabra y la acción del Espíritu Santo en su Precioso Cuerpo y Sangre para que lo recibamos en la Comunión.

Todo este Misterio de la presencia viva del Señor tiene su modo práctico de organizarse en los lugares sagrados a la hora de celebrar la Santa Misa. Tradicionalmente las iglesias han sido construidas en forma de cruz para representar el lugar del Calvario al que todos somos convocados. En la cabecera de la cruz está colocado el presbiterio, el lugar más sublime donde Cristo ejerce su oficio sacramental por medio de los sacerdotes. En el presbiterio está colocada la Mesa del Altar, imagen de Cristo mismo, que es besada por el sacerdote al comienzo y final de la acción litúrgica como si besase al mismo Señor; también está colocado el Ambón o lugar desde donde se proclaman las Sagradas Escrituras y resuena la voz de Cristo Palabra Eterna, y está colocada la sede del sacerdote que hace presente y actúa en nombre de Cristo Cabeza de su Pueblo. En la nave de la iglesia está el espacio de la Asamblea cristiana que asiste activamente a la celebración cantando a la Santísima Trinidad, adorándola, escuchándola con respeto en la Persona del Hijo que nos habla  y recibiendo en la Comunión, uniéndose a Cristo, la fuerza del Espíritu Santo y la Prenda de la Vida Eterna.

El centro de atención y el culmen de toda iglesia es el Altar del Señor sobre el que está colocada la Cruz que nos recuerda la razón de esa Mesa Sagrada donde se nos comunica el Banquete Pascual. El Altar nos preside y a él nos acercamos, no somos sus propietarios, sino sus invitados, detrás del Altar está el Cielo, por eso siempre se ha colocado detrás de él el retablo con las imágenes sagradas de Cristo mismo, de la Virgen y de los Santos. Tampoco el Altar es “propiedad” del sacerdote, él también se acerca a la Mesa Santa con respeto como cabeza del Pueblo de Dios aunque ejerza en él el oficio de Cristo ministro de la Salvación.

En la práctica actual se ha organizado la Misa de manera que el ministro sagrado esté al otro lado del Altar, como mirando al pueblo, cerrando el círculo. Su Santidad Benedicto XVI ha llamado reiteradas veces la atención sobre el peligro de este “cierre” del círculo que puede hacernos caer en el error de mirarnos a nosotros mismos en vez de mirar al Señor, Puerta del Cielo, y por eso ha recomendado insistentemente, -para no hacer más cambios-, que se coloque la cruz en el centro de tal modo que sacerdotes y fieles la miren a ella y no se miren a sí mismos cayendo en el error de creer que el culto litúrgico de la Misa es para nosotros en vez de ser para Dios, confundiendo el Banquete Eucarístico con un banquete humano en vez de entender lo que es: el Banquete Divino .

Presidir y celebrar la Santa Misa con el sacerdote colocado detrás del Altar es la novedad más palpable de la celebración de la Santa Misa después del Concilio Vaticano II. El Concilio no mandó este cambio en el modo de celebrar la Misa, pero la reforma que salió de él así lo organizó, aunque sin impedir de ninguna manera que se pueda celebrar del modo tradicional, es decir, con todos los miembros que asisten a la celebración, sacerdote y fieles, mirando al Altar como última referencia. De hecho el mismo Papa celebra así, tanto en su capilla privada como en otras capillas que hay en la Basílica de San Pedro. En nuestra Basílica tenemos la oportunidad de celebrarla de los dos modos, y así lo hacemos, para resaltar las riquezas que tanto una manera como otra tienen. Lo importante es que nunca olvidemos lo esencial, que es la gloria y glorificación de Dios y descubramos que el Sacramento de la Eucaristía, donde esta Gloria se hace presente y donde nosotros lo glorificamos, nos desborda en la compresión y siempre nos supera.

Quiera Dios que esta próxima fiesta del Corpus que celebramos en este año dos mil doce nos ayude a entrar con mayor humildad en este Misterio de Cristo real, sustancial y verdaderamente presente en la Eucaristía y nos ayude a celebrarlo con mayor dignidad, amor y respeto, creciendo en la fe y adorándolo con todo nuestro ser.

José Antonio Abellán

Peregrinación de jóvenes a Granada-Sevilla

La Parroquia de la Purísima organiza una peregrinación para los jóvenes de Yecla visitando Granada y Sevilla.

Tendrá lugar del 16 al 20 de agosto. Serán unos días de convivencia, de oración, de compartir la fe visitando algunos lugares de peregrinación como la tumba del Bto. Fray Leopoldo de Alpandeire, la Basílica de la Virgen de las Angustias de Granada o la Macarena de Sevilla, y también para pasarlo bien, porque como decía el Beato Papa Juan Pablo II «se puede ser joven y seguir a Cristo«.

Aquí tienes algunos datos acerca de nuestra peregrinación:

  • Se desarrollará del 16 al 20 de agosto.
  • Viajaremos en autobús, pasando dos noches en Granada y dos en Sevilla.
  • El domingo 19 lo pasaremos en el parque temático de Isla Mágica de Sevilla.
  • El precio es de 150 €, incluyendo autobús, comida y el pase al parque temático.
  • ¡Apúntate ya! Para ello entrega en la Parroquia la hoja de inscripción, una fotocopia de tu DNI y el anticipo de 30 €.
  • Para ayudar a costear el viaje, existe la posibilidad de vender papeletas para una rifa que se realizará el 1 de julio.
Ya está abierto el plazo de inscripción.
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