Para meditar el día del Sagrado Corazón.

“¿CÓMO ES EL CORAZÓN DE CRISTO PARA TENER SUS MISMOS SENTIMIENTOS?”.

Un año más llega la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, una oportunidad única para que nuevamente tomemos conciencia del gran amor que nos tiene Dios a cada uno de nosotros.

El Corazón traspasado de Cristo ha entregado hasta la última gota de su sangre para ganarnos, para comprarnos, para pagar la culpa que merecemos por nuestros pecados. Dios hizo al hombre para el cielo, para que vivamos en relación con Él, pero el pecado abrió un abismo entre Él y nosotros que no podemos superar. Sin embargo, por su gran misericordia, Dios quiso realizar la obra de la redención para construir un puente que salve dicho abismo, un puente cuyas piedras han sido colocadas en la pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuya argamasa es la sangre de su Corazón amoroso, que está sostenido por el madero de la Cruz y que ha sido inaugurado en su Resurrección. Ese puente es el que permite que podamos conocer al Señor, el que a pesar de las caídas de nuestros pecados podamos levantarnos y seguir el camino de la fe experimentando la misericordia de Dios que llena su corazón traspasado, vacío de sangre pero rebosante de amor por ti y por mí.

Poniendo nuestra mirada en la imagen del Sagrado Corazón vemos como nos muestra precisamente ese camino que hemos de seguir: nos señala su Corazón. Claro que sí, el Señor nos invita a seguirle, a actuar según los designios de su Corazón, a impregnar cada vez más nuestra vida de su amor, a tener sus mismos sentimientos, a dejar que nuestro corazón se vaya transformando poco a poco en el suyo. ¡Qué camino más sublime! Pero, ¿cómo puedo yo hacer que mi corazón se parezca al de Cristo? No podemos con nuestras propias fuerzas, pero es el Señor el que está empeñado en ello, es Él el que “nos llama a participar de su vida, el que nos enriquece en todo” (Cf. 1Co 6-9). Nosotros solo hemos de dejar que Él vaya haciendo su obra, cooperando al preparar nuestro corazón vaciándolo de tantas cosas que lo llenan y no dejan espacio para que el Señor habite en él y pueda ir transformándolo, poniéndonos a tiro en la oración, buscando los momentos de coloquio sosegado con Cristo, participando de la gracia de los sacramentos.

Y ¿cómo es el Corazón de Cristo, al cual ha de ir pareciéndose el nuestro? Es un Corazón amoroso, que ama como ningún otro, que se entrega por amor a nosotros. Él no es un Dios lejano, impasible ante los sufrimientos del hombre, sino que ha entrado en nuestra humanidad, compartiendo nuestra condición humana y elevándola para que podamos vivir en relación con Él una vida plena y llena de sentido. Vivir así no sería posible sin conocer su Corazón, fuente inagotable de amor. Ayúdanos Señor a poder avanzar cada día en el conocimiento de tu corazón, a parecernos más a ti, a ir dejando en nuestra vida todas aquellas actitudes y cosas que nos alejan de ti y no nos permiten experimentar la presencia de tu Corazón latente.

Pero su Corazón está también herido. Herido por nuestras flaquezas y pecados, por nuestra falta de caridad con el prójimo, nuestro egoísmo y amor propio; herido por todos aquellos que viven de espaldas a Dios, que le rechazan y ofenden; herido por nuestra falta de oración y de trato íntimo con Él; herido por las infidelidades de los consagrados, de los sacerdotes, los religiosos y de todos los cristianos. Menos mal que el Corazón de Cristo es también olvidadizo y compasivo, y perdona nuestros extravíos cuando nos ve acudir a Él arrepentidos y sedientos de perdón por tantas ofensas que le causamos. Si esto es así ¿cómo no vamos a acercarnos con confianza a Cristo? Hemos de preguntarnos qué cosas hay en nosotros que no son del agrado del Señor, qué cosas hieren su corazón, y a la vez, tomar conciencia de si reparamos por nuestros fallos, si verdaderamente deseamos desterrarlos de nuestra vida. Si nos ponemos en esta disposición, la gracia de Dios no nos va a faltar.

Al mismo tiempo el Corazón de Cristo está deseoso y sediento de nuestro amor, de que vayamos a su encuentro, de que le amemos con corazón generoso y agradecido. Quiere que nos dejemos en sus manos y que confiemos en Él, que no pongamos en nuestra vida otros ídolos por delante de su Corazón, como el dinero, el poder, la buena fama… Y todo esto lo quiere por la misma razón del amor que nos tiene, porque quiere que seamos verdaderamente felices ya aquí en esta vida, y solo podremos serlo en la medida en que acudamos a su encuentro, en la medida en que entreguemos nuestro corazón al suyo. Es lo que el propio Corazón de Jesús le pidió a Santa margarita de Alacoque: “si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades, al menos tú ámame”. Así que ¿por qué no nos decidimos a amarle y a confiar en Él? Como decía Santa Maravillas de Jesús: “Todo está en confiar del todo en su corazón, en abandonarse amorosamente en sus manos”. Si Él nos ama así, si Él es nuestro Pastor, ¿qué nos puede faltar?… Confiemos en su voluntad.

Por último su Corazón está también abierto y traspasado por la lanzada del centurión en la Cruz, donde ha vertido hasta la última gota de su sangre por amor a nosotros, donde ha derramado su misericordia sobre los hombres. Nos ha abierto su Corazón para acogernos en su interior, para que anidemos en Él como la paloma hace su nido. Entrar en su Corazón abierto es vivir en el verdadero monte Tabor, porque solo ahí podremos encontrar la paz que anhelamos, nuestra vida será según su voluntad y podremos decir “que bien se está aquí”, a pesar de nuestras tribulaciones.

Solo si anidamos en el interior de su Corazón, podremos ir pareciéndonos a Él, solo así de nuestro corazón podrá ir brotando amor hacia los demás, deseos de entregarnos y de mirar menos nuestro propio interés. Quien vive de este modo es el que está preparado para cuando venga el hijo del hombre, porque vive en vela pendiente de su Señor (Cf. Mt 24,42-51). Así seremos verdaderamente portadores de su imagen, y podremos mostrar a todos los hombres su Corazón reflejado en el nuestro.

Encomendémonos a quien ha sido mejor que nadie reflejo del Corazón de Cristo, su santísima Madre, la Purísima, cuyo corazón estaba tan unido a su Hijo que no se separó de Él ni en los momentos de sufrimiento, incluso en la cruz. Siguiendo su ejemplo, vivamos unidos a nuestro Señor hasta el extremo, entregándonos sin reservas a su amor transformante.

Asensio Morales Caravaca.

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