LA VIRGEN MARÍA Y LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

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LA VIRGEN MARÍA Y LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

“Mil querubes bellos orlan tu dosel
quiero estar con ellos, Virgen llévame.
Contigo en el Cielo, colmado mi anhelo,
¡Qué feliz seré!

Así canta el himno popular dedicado a la Madre del Señor y Madre nuestra: “Tomad, Virgen pura.”

La fiesta de la Ascensión celebrada este año el domingo 1 de junio, aunque su día propio ha sido el jueves pasado, no ha podido tener mejor preparación que el ejercicio del Mes de Mayo que hemos celebrado en el Santuario del Castillo.

Todos los días hemos subido bien temprano para ponernos a los pies de nuestra amada Patrona para felicitarla y celebrar en el Altar la Santa Misa. Subir hasta la casa de la Virgen ha sido como un ejercicio del verdadero subir de nuestra vida hasta la Casa del Cielo donde la Virgen María reina con Cristo en cuerpo y alma resucitada.

¡Qué consuelo da poder dirigir la mirada a María y aprender de ella el camino de la fe! Su Santidad el Papa Francisco nos ha recordado en el Santo Cenáculo de Jerusalén que la Iglesia es una familia que tiene una Madre: La Virgen.

La Santísima Virgen es esencial en nuestra vida de cristianos. Jesús nos la dio como madre amorosa en el momento de su muerte en la cruz: “Ahí tienes a tu Madre”, y así queda claro que si no tenemos a María como madre no podemos tener a Jesús como hermano, maestro y Señor.

Jesús ha subido al Cielo no para olvidarse de nosotros, sino para prepararnos un lugar donde gozar con él por toda la eternidad. Así nos lo dijo en la Última Cena: “Me voy a prepararos sitio. Cuando os lo prepara vendré y os llevaré conmigo para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn 14,2b.3). Así lo canta también la liturgia en el prefacio de la misa de la Ascensión: “Jesús, el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos. No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino.”

El Buen Jesús también nos ha recordado el camino para ir al Cielo: “A donde yo voy ya sabéis el camino… yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mi” (Jn 14,4.6). La Virgen ha sabido seguir así a su Hijo en el peregrinar de la fe, como nos recordó el Papa San Juan Pablo II, y que a ella le tocó vivir hasta llegar a la cima del Calvario, por eso vivir junto a María nuestra Madre es garantía segura de vocación celestial. Pero cuidado: vivir junto a la Virgen para aprender de la Virgen el camino de la fe que a cada uno nos toca andar en esta vida experimentando su ánimo, su consuelo, su corrección y su poderosa intercesión.

La Virgen nos certifica que las promesas de su Hijo Jesús son promesas verdaderas y llenas de vida. No andemos, pues, por otro camino. Hemos sido creados para el Cielo, luchemos por alcanzarlo.

¡Feliz fiesta de la Ascensión para todos!

José Antonio Abellán
Párroco de la Purísima

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