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Durante estas últimas semanas, todos los martes han tenido lugar en Parroquia de la Purísima las catequesis del seminario de “Vida en el Espíritu” de la Renovación Carismática.
Este fin de semana el seminario culminó con el retiro de la efusión del Espíritu.
Dio comienzo el sábado a las diez de la mañana en los salones de la calle Don Lucio, y se extendió durante todo el día, con laudes, enseñanzas a cargo de los sacerdotes de la Basílica D. José Antonio y D. Asensio, eucaristía, comida compartida, grupos de puesta en común, alabanzas y adoración del Santísimo.
El domingo fue el momento cumbre con la eucaristía de envío y la efusión del Espíritu Santo sobre los nuevos hermanos que este año han participado en este seminario por vez primera. En dicha celebración, el Párroco entregó tres símbolos a los miembros del Grupo de oración «Piedras Vivas» de la Renovación Carismática de la Purísima: la luz, símbolo de la misión que tenemos los cristianos de iluminar el mundo siendo portadores de la luz de Cristo; la sal, que conserva y da sabor a los alimentos de la misma manera que nosotros, conservando y profundizando en la fe, hemos de salar el mundo; y la Palabra de Dios que es alimento diario para el camino. Tras esto, los nuevos hermanos recibieron la imposición de manos de D. José Antonio, entre la oración, cánticos y alabanzas de todos los presentes.
Tras la gozosa eucaristía, todos los componentes del grupo «Piedra Vivas» compartieron la comida fraterna con la que se dio por finalizado el retiro.
Volverán a reunirse como es costumbre todos los jueves a las 21:30 h. de la noche en el salón de Carismáticos de la calle Don Lucio, donde puede asistir todo interesado que busque a Dios en su vida.
Es la pregunta que se hicieron los vecinos de Isabel y Zacarías cuando éste último decidió, de acuerdo con su mujer, que su hijo se llamaría Juan y no Zacarías, como lo llamaban ellos.

Esta es también la pregunta que se hacen los padres cuando tienen en sus manos a su hijo recién nacido. Una criatura recién venida a este mundo es siempre una esperanza nueva, una vida nueva con un fin particular.
La pregunta “¿Qué va a ser este niño?” conlleva la convicción de que cada hijo, cada persona, es una existencia con autonomía, no con independencia, pero sí con capacidad de decisión propia.
Isabel y Zacarías tuvieron a su hijo por un milagro especial del Señor cuando ya eran ancianos y a pesar de que la madre había sido estéril. Sabían que su hijo, como todos los hijos, era un don de Dios al que siempre habían aspirado y que hasta ese momento no habían conseguido. Lo importante para ellos como padres era ayudar a su hijo para que respondiera positivamente al plan que Dios tenía sobre él, ayudarle a que siempre estuviera bajo la mano de Dios.
Al imponer al niño el nombre de Juan en vez de Zacarías, como era costumbre, están señalando que el hijo, aunque lo han tenido ellos, no les pertenece en propiedad, sino que es propiedad de Dios que se lo ha dado. Esto es una verdad para todos los hijos, no son propiedad de los padres, sino propiedad de Dios y hay que ayudarles a que respondan a la voluntad de Dios, no a las expectativas y proyecciones paternas.
Hoy los padres tienen muchas posibilidades para educar a sus hijos y todos los padres intentan darles lo mejor y lo más de lo que tienen. Eso es bueno, precioso y necesario, pero también es verdad que muchos padres no tienen claro que lo más importante que deben darle a sus hijos es el empeño de obedecer y servir a Dios que los ha creado. Darle a los hijos la capacidad para que desarrollen todas sus capacidades humanas está bien, es necesario y es tarea de los padres, pero sin olvidar que entre sus capacidades la primera de todas ellas es la capacidad de estar orientados a Dios, origen y fin de su existencia y de toda existencia en este mundo.
¿Por qué va a ser feliz un hijo? ¿Por qué tenga medios suficientes para desarrollarse en la sociedad? Sí, vale, pero con eso sólo no. Será feliz si ha sabido encontrar su lugar en la vida, si ha sabido encontrar su camino, si ha sabido el por qué y para qué de su existencia, y eso sólo es posible descubrirlo si Dios se hace presente en su vida y se le enseña a que sólo desde Dios podrá encajar el puzzle de todo lo que le acontezca.
¿Qué van a ser vuestros hijos? Sólo Dios lo sabe, por eso es tan importante acercarlos a Dios y educarlos para que vivan toda su vida bajo su mano misericordiosa. Si no se hace así los padres habrán cogido el abuso de querer marcar a sus hijos un camino que no es el suyo o de haber consentido a sus hijos que elijan un camino que puede ser errado y, queriendo para ellos la felicidad, los habrán hecho unos desgraciados, unos infelices, unos engañados.
Nadie puede dar esta convención de vida en Dios si no la tiene para si. Tener un hijo obliga a los padres a plantearse su modo de vivir porque según vivan así darán a sus hijos ejemplo de vida.
Pues en esas estamos. La respuesta a la pregunta “¿Qué será este niño?” pasa ineludiblemente por la respuesta a la pregunta “¿Qué soy yo?”
Dios quiera que todos encontremos la verdadera respuesta, que no es otra que esta: Todos los seres humanos somos un acto de la voluntad amorosa de Dios, única razón verdadera de todo lo que existe.
José Antonio Abellán
Benedicto XVI.
AUDIENCIA GENERAL
Sala Pablo VI
Miércoles 20 de junio de 2012
[Vídeo]
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra oración con mucha frecuencia es petición de ayuda en las necesidades. Y es incluso normal para el hombre, porque necesitamos ayuda, tenemos necesidad de los demás, tenemos necesidad de Dios. De este modo, es normal para nosotros pedir algo a Dios, buscar su ayuda. Debemos tener presente que la oración que el Señor nos enseñó, el «Padre nuestro», es una oración de petición, y con esta oración el Señor nos enseña las prioridades de nuestra oración, limpia y purifica nuestros deseos, y así limpia y purifica nuestro corazón. Ahora bien, aunque de por sí es normal que en la oración pidamos algo, no debería ser exclusivamente así. También hay motivo para agradecer y, si estamos un poco atentos, vemos que de Dios recibimos muchas cosas buenas: es tan bueno con nosotros que conviene, es necesario darle gracias. Y debe ser también oración de alabanza: si nuestro corazón está abierto, a pesar de todos los problemas, también vemos la belleza de su creación, la bondad que se manifiesta en su creación. Por lo tanto, no sólo debemos pedir, sino también alabar y dar gracias: sólo de este modo nuestra oración es completa.
En sus Cartas, san Pablo no sólo habla de la oración, sino que además refiere oraciones ciertamente también de petición, pero asimismo oraciones de alabanza y de bendición por lo que Dios ha realizado y sigue realizando en la historia de la humanidad.
Hoy quiero reflexionar sobre el primer capítulo de la Carta a los Efesios, que comienza precisamente con una oración, que es un himno de bendición, una expresión de acción de gracias, de alegría. San Pablo bendice a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en él nos ha dado a «conocer el misterio de su voluntad» (Ef 1, 9). Realmente hay motivo para dar gracias a Dios porque nos da a conocer lo que está oculto: su voluntad respecto de nosotros; «el misterio de su voluntad». «Mysterion», «misterio»: un término que se repite a menudo en la Sagrada Escritura y en la liturgia. No quiero entrar ahora en la filología, pero en el lenguaje común indica lo que no se puede conocer, una realidad que no podemos aferrar con nuestra propia inteligencia. El himno que abre la Carta a los Efesios nos lleva de la mano hacia un significado más profundo de este término y de la realidad que nos indica. Para los creyentes, «misterio» no es tanto lo desconocido, sino más bien la voluntad misericordiosa de Dios, su designio de amor que se reveló plenamente en Jesucristo y nos brinda la posibilidad de «comprender con todos los santos lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, y conocer el amor de Cristo» (Ef 3, 18-19). El «misterio desconocido» de Dios es revelado, y es que Dios nos ama, y nos ama desde el comienzo, desde la eternidad.
Reflexionemos un poco sobre esta solemne y profunda oración. «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 1, 3). San Pablo usa el verbo «euloghein», que generalmente traduce el término hebreo «barak»: significa alabar, glorificar, dar gracias a Dios Padre como la fuente de los bienes de la salvación, como Aquel que «nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos» (ib.).
El Apóstol da gracias y alaba, pero reflexiona también sobre los motivos que impulsan al hombre a esta alabanza, a esta acción de gracias, presentando los elementos fundamentales del plan divino y sus etapas. Ante todo debemos bendecir a Dios Padre porque —así escribe san Pablo— él «nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por la caridad» (v. 4). Lo que nos hace santos e inmaculados es la caridad. Dios nos ha llamado a la existencia, a la santidad. Y esta elección es anterior incluso a la creación del mundo. Desde siempre estamos en su plan, en su pensamiento. Con el profeta Jeremías podemos afirmar también nosotros que antes de formarnos en el seno de nuestra madre él ya nos conocía (cf. Jr 1, 5); y conociéndonos nos amó. La vocación a la santidad, es decir, a la comunión con Dios pertenece al plan eterno de este Dios, un plan que se extiende en la historia y comprende a todos los hombres y las mujeres del mundo, porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie; su proyecto es sólo de amor. San Juan Crisóstomo afirma: «Dios mismo nos ha hecho santos, pero nosotros estamos llamados a permanecer santos. Santo es aquel que vive en la fe» (Homilías sobre la Carta a los Efesios, I, 1, 4).
San Pablo continúa: Dios nos predestinó, nos eligió para ser «sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo», para ser incorporados en su Hijo unigénito. El Apóstol subraya la gratuidad de este maravilloso designio de Dios sobre la humanidad. Dios nos elige no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. Y la antigüedad tenía una palabra sobre la bondad: bonum est diffusivum sui; el bien se comunica; el hecho de comunicarse, de extenderse, forma parte de la esencia del bien. De este modo, porque Dios es la bondad, es comunicación de bondad, quiere comunicarse. Él crea porque quiere comunicarnos su bondad y hacernos buenos y santos.
En el centro de la oración de bendición, el Apóstol ilustra el modo como se realiza el plan de salvación del Padre en Cristo, en su Hijo amado. Escribe: «En él, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, conforme a la riqueza de su gracia» (Ef 1, 7). El sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el que el Padre nos ha mostrado de modo luminoso su amor, no sólo de palabra, sino de una manera concreta. Dios es tan concreto y su amor es tan concreto que entra en la historia, se hace hombre para sentir qué significa, cómo se vive en este mundo creado, y acepta el camino de sufrimiento de la pasión, sufriendo incluso la muerte. Es tan concreto el amor de Dios que participa no sólo en nuestro ser, sino también en nuestro sufrir y morir. El sacrificio de la cruz hace que nos convirtamos en «propiedad de Dios», porque la sangre de Cristo nos ha rescatado de la culpa, nos lava del mal, nos libra de la esclavitud del pecado y de la muerte. San Pablo invita a considerar cuán profundo es el amor de Dios que transforma la historia, que ha transformado su misma vida de perseguidor de los cristianos en Apóstol incansable del Evangelio. Resuenan una vez más las palabras tranquilizadoras de la Carta a los Romanos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? (…) Pues yo estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8, 31-32.38-39). Esta certeza —Dios está con nosotros, y ningura criatura puede separarnos de él, porque su amor es más fuerte— debemos insertarla en nuestro ser, en nuestra conciencia de cristianos.
Por último, la bendición divina se concluye con la referencia al Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones, al Paráclito que hemos recibido como sello prometido: «Él —dice san Pablo— es la prenda de nuestra herencia, mientras llega la redención del pueblo de su propiedad, para alabanza de su gloria» (Ef 1, 14). La redención aún no ha concluido —lo percibimos—, sino que tendrá su pleno cumplimiento cuando sean totalmente salvados aquellos que Dios se ha adquirido. Nosotros estamos todavía en el camino de la redención, cuya realidad esencial la da la muerte y la resurrección de Jesús. Estamos en camino hacia la redención definitiva, hacia la plena liberación de los hijos de Dios. Y el Espíritu Santo es la certeza de que Dios llevará a cumplimiento su designio de salvación, cuando recapitulará «en Cristo, única cabeza, todas las cosas del cielo y de la tierra» (cf. Ef 1, 10). San Juan Crisóstomo comenta sobre este punto: «Dios nos ha elegido por la fe y ha impreso en nosotros el sello para la herencia de la gloria futura» (Homilías sobre la Carta a los Efesios 2, 11-14). Debemos aceptar que el camino de la redención es también nuestro camino, porque Dios quiere criaturas libres, que digan libremente sí. Pero es sobre todo y ante todo su camino. Estamos en sus manos, y ahora depende de nuestra libertad seguir el camino que él abrió. Vamos por este camino de la redención juntamente con Cristo, y sentimos que la redención se realiza.
La visión que nos presenta san Pablo en esta gran oración de bendición nos ha llevado a contemplar la acción de las tres Personas de la Santísima Trinidad: el Padre, que nos eligió antes de la creación del mundo, nos pensó y creó; el Hijo que nos redimió mediante su sangre; y el Espíritu Santo, prenda de nuestra redención y de la gloria futura. En la oración constante, en la relación diaria con Dios, también nosotros, como san Pablo, aprendemos a descubrir cada vez más claramente los signos de este designio y de esta acción: en la belleza del Creador que se refleja en sus criaturas (cf. Ef 3, 9), como canta san Francisco de Asís: «Alabado seas, Señor mío, con todas tus criaturas» (FF 263). Es importante estar atentos precisamente ahora, también en el tiempo de vacaciones, a la belleza de la creación y a ver reflejarse en esa belleza el rostro de Dios. En su vida los santos muestran de modo luminoso lo que puede hacer el poder de Dios en la debilidad del hombre. Y puede hacerlo también con nosotros. En toda la historia de la salvación, en la que Dios se ha hecho cercano a nosotros y espera con paciencia nuestros tiempos, comprende nuestras infidelidades, alienta nuestro compromiso y nos guía.
En la oración aprendemos a ver los signos de este designio misericordioso en el camino de la Iglesia. Así crecemos en el amor de Dios, abriendo la puerta para que la Santísima Trinidad venga a poner su morada en nosotros, ilumine, caliente y guíe nuestra existencia. «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23), dice Jesús prometiendo a los discípulos el don del Espíritu Santo, que enseñará todas las cosas. San Ireneo dijo una vez que en la Encarnación el Espíritu Santo se acostumbró a estar en el hombre. En la oración debemos acostumbrarnos a estar con Dios. Esto es muy importante, que aprendamos a estar con Dios, y así veamos cuán hermoso es estar con él, que es la redención.
Queridos amigos, cuando la oración alimenta nuestra vida espiritual, nos volvemos capaces de conservar lo que san Pablo llama «el misterio de la fe» con una conciencia pura (cf. 1 Tm 3, 9). La oración como modo de «acostumbrarnos» a estar junto con Dios, genera hombres y mujeres animados no por el egoísmo, por el deseo de poseer, por la sed de poder, sino por la gratuidad, por el deseo de amar, por la sed de servir, es decir, animados por Dios. Y sólo así se puede llevar luz en medio de la oscuridad del mundo.
Quiero concluir esta catequesis con el epílogo de la Carta a los Romanos. Con san Pablo, también nosotros damos gloria a Dios porque nos ha dicho todo de sí en Jesucristo y nos ha dado el Consolador, el Espíritu de la verdad. Escribe san Pablo al final de la Carta a los Romanos: «Al que puede consolidaros según mi Evangelio y el mensaje de Jesucristo que proclamo, conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegaran a la obediencia de la fe, a Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (16, 25-27). Gracias.

Durante el próximo mes de julio, Cáritas Interparroquial de Yecla prestará sus servicios en el siguiente horario:
RECOGIDA DE ALIMENTOS
LUNES …………….. de 17 horas a 19 horas
MIÉRCOLES …….. de 11 horas a 13 horas
VIERNES …………. de 11 horas a 13 horas
ROPERO
JUEVES ………….. de 17 horas a 19 horas
San Luis Gonzaga
21 de junio

Os conjuro, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva,santa, agradable a Dios. (Rm 12, 1)
San Luis Gonzaga, desde la edad de siete años recitaba todos los días, de rodillas, los siete salmos penitenciales y el Oficio de la Santísima Virgen; a los ocho años, hizo voto de castidad perpetua; a los trece, ayunaba tres días a la semana a pan y agua, y tres veces al día desgarraba su delicado cuerpo con la disciplina. Alrededor de los dieciocho años entró en la Compañía de Jesús y murió cinco años después, víctima de una enfermedad contraída por cuidar a los atacados de peste. Tan recogido era en sus oraciones, que todas sus distracciones en seis meses no sumaban la duración de un Ave María.
MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN LUIS GONZAGA
I. El joven santo fue víctima del amor de Dios; le sacrificó su fortuna, abandonando su marquesado para entrar en la Compañía de Jesús, a pesar de los obstáculos que oponía su padre a su piadoso designio.
¿Estás acaso, retenido en el mundo por lazos tan fuertes como los suyos? Dios bien merece que dejes todo lo que tienes, para seguir su llamado y ganar su paraíso; deja todo, si no materialmente, por lo menos por el espíritu y la voluntad.
II. Sacrificó Luis su cuerpo a Dios por el voto de virginidad, que renovó al entrar en religión. Émulo de la pureza de los Ángeles, vivió la modestia hasta no poner nunca sus ojos en una mujer. Además, mortificó su cuerpo con rigurosa y continua penitencia.
¿Quieres consagrar tu cuerpo a Jesucristo como hostia viva y santa? Custodia tus sentidos, mortifícalos. La vida de un cristiano debe ser continuo martirio.
III. Consagró el santo su libertad a Dios por el voto de obediencia. Los honores que ahora recibe, en el cielo y en la tierra, son el precio de su voluntario abatimiento. El camino más seguro para ir al cielo es el de la obediencia.
Obedece a tus superiores fiel mente, prontamente, sin murmurar; a Jesucristo es a quien obedeces, Él es quien te recompensará. En fin, recuerda que no sólo los religiosos, sino también los cristianos deben ser víctimas que se inmolan sin cesar a Dios.
«Los cuerpos de los fieles son hostias de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu Santo». San Agustín
El pasado viernes 15 de junio celebrábamos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, y en nuestra Basílica no pasó desapercibida.
Tras la Misa de las 8 de la mañana quedó expuesto el Santísimo Sacramento en la custodia para que los fieles pudieran adorar al Señor y pedir así por la santificación de los sacerdotes, petición que la Iglesia eleva al Padre de forma especial en el día del Sagrado Corazón Jesús. A las doce del mediodía, durante el volteo general de campanas se hizo la reserva.
A las 6 de la tarde nuevamente se expuso el Santísimo para la adoración hasta la misa de las 20:00 h, previo rezo de las letanías del Sagrado Corazón.
Tras la Misa de las 8 de la tarde, y de nuevo con el Señor expuesto, el Párroco de la Purísima realizó un acto de desagravio en reparación de las ofensas que recibe el Corazón Divino por nuestros pecados, y se organizó la procesión minerva por las naves de la Basílica con el Santísimo. Como novedad, este año por vez primera el Santísimo hizo la procesión en la carroza del Corpus. Numerosos fieles acompañaron al Señor en el breve recorrido claustral, portando candelas encendidas y cantando cánticos de alabanzas intercalados por la recitación de citas del Evangelio.
El pasado sábado 16 de junio, los jóvenes que han terminado el primer curso de preparación para la confirmación, pasaron juntos el día en una jornada de convivencia.
A las 10 de la mañana se daban cita en el Atrio de la Basílica más de 50 jóvenes, que en compañía de la mayoría de los matrimonios que este año les han guiado en su itinerario catequético, partieron hacia el monte Arabí, donde uno de los matrimonios, Pedro Luis López y Emilia Torres, pusiron a disposición de la parroquia y de los jóvenes su casa de campo.
La convivencia comenzó con el rezo de laudes, donde el coadjutor proclamó el Evangelio de «el Niño Jesús perdido y hallado en el templo», haciendo alusión al modo en el que hemos de pasar las vacaciones para no perder en nuestra vida a Cristo, y al mismo tiempo se remarcó la necesidad que tenemos que imitar a la Virgen María: de la misma forma que Ella guardaba las palabras de Jesús en su corazón, hemos de guardar también nosotros todo aquello que el Señor nos regala a través de la enseñanza de la Iglesia.
Seguidamente los catequistas organizaron una ginkana con pruebas relacionadas con los mandamientos que durante el curso los jóvenes han tratado en la catequesis. Después hubo tiempo para refrescarse en la piscina.
Por último, por la tarde se celebró la Eucaristía en un clima festivo.
«¿CÓMO ES EL CORAZÓN DE CRISTO PARA TENER SUS MISMOS SENTIMIENTOS?».
Un año más llega la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, una oportunidad única para que nuevamente tomemos conciencia del gran amor que nos tiene Dios a cada uno de nosotros.
El Corazón traspasado de Cristo ha entregado hasta la última gota de su sangre para ganarnos, para comprarnos, para pagar la culpa que merecemos por nuestros pecados. Dios hizo al hombre para el cielo, para que vivamos en relación con Él, pero el pecado abrió un abismo entre Él y nosotros que no podemos superar. Sin embargo, por su gran misericordia, Dios quiso realizar la obra de la redención para construir un puente que salve dicho abismo, un puente cuyas piedras han sido colocadas en la pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuya argamasa es la sangre de su Corazón amoroso, que está sostenido por el madero de la Cruz y que ha sido inaugurado en su Resurrección. Ese puente es el que permite que podamos conocer al Señor, el que a pesar de las caídas de nuestros pecados podamos levantarnos y seguir el camino de la fe experimentando la misericordia de Dios que llena su corazón traspasado, vacío de sangre pero rebosante de amor por ti y por mí.
Poniendo nuestra mirada en la imagen del Sagrado Corazón vemos como nos muestra precisamente ese camino que hemos de seguir: nos señala su Corazón. Claro que sí, el Señor nos invita a seguirle, a actuar según los designios de su Corazón, a impregnar cada vez más nuestra vida de su amor, a tener sus mismos sentimientos, a dejar que nuestro corazón se vaya transformando poco a poco en el suyo. ¡Qué camino más sublime! Pero, ¿cómo puedo yo hacer que mi corazón se parezca al de Cristo? No podemos con nuestras propias fuerzas, pero es el Señor el que está empeñado en ello, es Él el que “nos llama a participar de su vida, el que nos enriquece en todo” (Cf. 1Co 6-9). Nosotros solo hemos de dejar que Él vaya haciendo su obra, cooperando al preparar nuestro corazón vaciándolo de tantas cosas que lo llenan y no dejan espacio para que el Señor habite en él y pueda ir transformándolo, poniéndonos a tiro en la oración, buscando los momentos de coloquio sosegado con Cristo, participando de la gracia de los sacramentos.
Y ¿cómo es el Corazón de Cristo, al cual ha de ir pareciéndose el nuestro? Es un Corazón amoroso, que ama como ningún otro, que se entrega por amor a nosotros. Él no es un Dios lejano, impasible ante los sufrimientos del hombre, sino que ha entrado en nuestra humanidad, compartiendo nuestra condición humana y elevándola para que podamos vivir en relación con Él una vida plena y llena de sentido. Vivir así no sería posible sin conocer su Corazón, fuente inagotable de amor. Ayúdanos Señor a poder avanzar cada día en el conocimiento de tu corazón, a parecernos más a ti, a ir dejando en nuestra vida todas aquellas actitudes y cosas que nos alejan de ti y no nos permiten experimentar la presencia de tu Corazón latente.
Pero su Corazón está también herido. Herido por nuestras flaquezas y pecados, por nuestra falta de caridad con el prójimo, nuestro egoísmo y amor propio; herido por todos aquellos que viven de espaldas a Dios, que le rechazan y ofenden; herido por nuestra falta de oración y de trato íntimo con Él; herido por las infidelidades de los consagrados, de los sacerdotes, los religiosos y de todos los cristianos. Menos mal que el Corazón de Cristo es también olvidadizo y compasivo, y perdona nuestros extravíos cuando nos ve acudir a Él arrepentidos y sedientos de perdón por tantas ofensas que le causamos. Si esto es así ¿cómo no vamos a acercarnos con confianza a Cristo? Hemos de preguntarnos qué cosas hay en nosotros que no son del agrado del Señor, qué cosas hieren su corazón, y a la vez, tomar conciencia de si reparamos por nuestros fallos, si verdaderamente deseamos desterrarlos de nuestra vida. Si nos ponemos en esta disposición, la gracia de Dios no nos va a faltar.
Al mismo tiempo el Corazón de Cristo está deseoso y sediento de nuestro amor, de que vayamos a su encuentro, de que le amemos con corazón generoso y agradecido. Quiere que nos dejemos en sus manos y que confiemos en Él, que no pongamos en nuestra vida otros ídolos por delante de su Corazón, como el dinero, el poder, la buena fama… Y todo esto lo quiere por la misma razón del amor que nos tiene, porque quiere que seamos verdaderamente felices ya aquí en esta vida, y solo podremos serlo en la medida en que acudamos a su encuentro, en la medida en que entreguemos nuestro corazón al suyo. Es lo que el propio Corazón de Jesús le pidió a Santa margarita de Alacoque: “si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades, al menos tú ámame». Así que ¿por qué no nos decidimos a amarle y a confiar en Él? Como decía Santa Maravillas de Jesús: “Todo está en confiar del todo en su corazón, en abandonarse amorosamente en sus manos”. Si Él nos ama así, si Él es nuestro Pastor, ¿qué nos puede faltar?… Confiemos en su voluntad.
Por último su Corazón está también abierto y traspasado por la lanzada del centurión en la Cruz, donde ha vertido hasta la última gota de su sangre por amor a nosotros, donde ha derramado su misericordia sobre los hombres. Nos ha abierto su Corazón para acogernos en su interior, para que anidemos en Él como la paloma hace su nido. Entrar en su Corazón abierto es vivir en el verdadero monte Tabor, porque solo ahí podremos encontrar la paz que anhelamos, nuestra vida será según su voluntad y podremos decir “que bien se está aquí”, a pesar de nuestras tribulaciones.
Solo si anidamos en el interior de su Corazón, podremos ir pareciéndonos a Él, solo así de nuestro corazón podrá ir brotando amor hacia los demás, deseos de entregarnos y de mirar menos nuestro propio interés. Quien vive de este modo es el que está preparado para cuando venga el hijo del hombre, porque vive en vela pendiente de su Señor (Cf. Mt 24,42-51). Así seremos verdaderamente portadores de su imagen, y podremos mostrar a todos los hombres su Corazón reflejado en el nuestro.
Encomendémonos a quien ha sido mejor que nadie reflejo del Corazón de Cristo, su santísima Madre, la Purísima, cuyo corazón estaba tan unido a su Hijo que no se separó de Él ni en los momentos de sufrimiento, incluso en la cruz. Siguiendo su ejemplo, vivamos unidos a nuestro Señor hasta el extremo, entregándonos sin reservas a su amor transformante.
Asensio Morales Caravaca.
Cuando llega el momento de matricular a los niños y adolescentes en las escuelas e institutos salen con frecuencia campañas para conseguir que la clase de la religión sea excluida del curriculum escolar. Es un empeño constante por parte de los grupos que consideran que la enseñanza religiosa debe ser eliminada.
De nada sirve recordar que la enseñanza religiosa es necesaria para conocer y vivir nuestra cultura y sus expresiones musicales, arquitectónicas, pictóricas tradicionales, nuestra historia, los valores que la informan… ellos erre que erre. Lo que desean es una sociedad que dicen laica, pero que es atea. No van a eliminar la fe, no pueden, pero sí quieren arrinconarla como si fuera un estorbo para el desarrollo de la sociedad, aceptan, por ahora, libertad de culto, pero no libertad de enseñanza. Quieren imponer una ideología de la que la sociedad no participa y que, además, va en contra de la propia naturaleza humana que desde sus orígenes, ya allá en los tiempos de los neandertales, se ha manifestado religiosa. Sólo es necesario para comprobar esto mirar la historia en su desarrollo hasta el momento presente en cualquier lugar del planeta.
La voluntad que se empeñan en conseguir es eliminar la libertad religiosa y, consecuentemente, la libertad de los ciudadanos. Hay que creer lo que ellos creen y como ellos lo creen. Hay que vivir como ellos dicen que hay que vivir. Les encanta ser controladores de los demás, estar por encima, sentirse superiores considerando a los que no piensan como ellos como personas de menor calidad, y engañan a los que no piensan en las consecuencias que se deducen de esa pretensión. Hay que conseguir que nadie se haga preguntas trascendentales: Qué es el ser humano, cuál es su origen y su fin, por qué el hombre no se doblega ante la muerte… qué es la justicia, la libertad, la verdad, la bondad y la belleza… Pretenden seres humanos autómatas, sin capacidad de pensamiento.
Ahora hay otra campaña dulcemente ofertada: Lo que el Estado se gasta en pagar a los profesores de religión se podría invertir en profesorado para lenguas extranjeras, eso sí que es importante. Si los niños saben idiomas extranjeros tendrán mejor calidad de vida. No sé si eso es verdad, lo que sí sé es que la seguridad de la vida no la da el conocimiento idiomático, ni matemático, ni de cualquier profesión. La seguridad de la vida la da el saber el porqué y el para qué de la existencia personal y comunitaria, y eso sólo lo da la vida religiosa. Para ellos la vida del hombre consiste en nacer y morirse y, entre medias, vivir sin razonar. Otros se encargarán de pensar y razonar por ellos.
Claro, que esto lo digo yo, que soy un hombre religioso, podrán responderme, pero no, no es porque sea un hombre religioso, que lo soy, sino porque quiero ser un hombre libre, incluso con derecho a equivocarme, y defiendo la libertad y no quiero una sociedad controlada por una ideología que excluye la razón y la capacidad de pensar de los humanos. Sociedades así formadas ya las hemos vivido tristemente en el siglo XX y perduran en Estados dictatoriales en el siglo XXI.
La bondad de la vida no es sólo responder a las necesidades materiales primarias de comer, beber y vestirse, la bondad de la vida tiene que hacer posible la capacidad que tenemos los hombres de buscar más allá de lo que se ve a primera instancia, de encontrar un espacio mental y social donde cada ser humano encaje sus inquietudes más profundas de justicia, de verdad, de perdón, de amor, de compasión…
Algunos padres, incluso viniendo a la Iglesia y confesándose católicos, a la hora de decidir la educación para sus hijos, caen en el equívoco de dar la razón a los que proclaman la eliminación de la educación religiosa. Ellos creen en Dios, así lo piensan pero ¿creerán sus hijos o caerán víctimas de esa ideología atea y esclavizante que elimina la libertad? No puedo decir menos que me entristecen esos padres que no piensan en sus hijos más que para darles pan para hoy y hambre para mañana.
¿Por qué tanto empeño en eliminar la enseñanza religiosa en España? En Europa no ocurre así en el conjunto de los países que la formamos y son países con una cultura democrática muy larga en la historia. Sólo en Francia no se dan clases de religión en la escuelas públicas, excepto en las regiones de Lorena y Alsacia, sí en las privadas, pero en las públicas se permite la enseñanza de catequesis, y en ese país vecino se están planteando volver a implantar la enseñanza religiosa en el horario escolar. En el resto de los países hay en unos obligación de ofertar la clase de religión para libre elección de los padres y alumnos, como ahora ocurre en España, y en muchos de esos países con mejores condiciones que en España, y en otros incluso con obligación de docencia aunque haya posibilidad de exención de asistir en casos concretos. Alemania, Luxemburgo, Reino Unido, Grecia, Suecia, Austria, Finlandia, Holanda, Italia, Bélgica, Dinamarca, Portugal, Bulgaria, Croacia, Noruega, Polonia, Suiza, Irlanda, Lituania. En todos estos países hay clase de religión en las escuelas e institutos.
Resumo y concluyo. Negar la posibilidad de la enseñanza religiosa es negar la posibilidad de libertad religiosa como espacio vital y consecuentemente la libertad de pensamiento, de libertad de decidir y de modo de vivir, es abrir la puerta a un estilo de sociedad donde el pensamiento humano es reprimido y encarcelado. Hay que exigir que las clases de religión sean serias y fieles a la fe religiosa que las ocupan y que los profesores sean responsables y serios en la enseñanza de la clase de religión, pero ese es otro capítulo que no podemos eludir aunque ahora no lo podamos tratar.
José Antonio Abellán