Homilía de Benedicto XVI en la solemnidad del Corpus Christi.

La adoración eucarística, experiencia de ser Iglesia.

En Roma, el jueves 7 de junio de 2012, Solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el santo padre Benedicto XVI celebró la Santa Misa ante la basílica de San Juan de Letrán. Presidió luego la procesión eucarística que, recorriendo vía Merulana, llegó hasta la basílica de Santa María la Mayor.

Publicamos la homilía que el papa dirigió a los fieles en el curso de la celebración eucarística.

¡Queridos hermanos y hermanas!

Esta tarde querría meditar con vosotros sobre dos aspectos, entre ellos conectados, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad.

Es importante volverlos a tomar en consideración para preservarlos de visiones no completas del Misterio mismo, como aquellas que se han dado en el reciente pasado.

Sobre todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento. Es la experiencia que también esta tarde viviremos tras la Misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y al término. Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II ha penalizado esta dimensión, restringiendo en práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo nutre y lo une a Sí en la ofrenda del Sacrificio. Esta valorización de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, sigue siendo naturalmente válida, pero debe resituarse en el justo equilibrio. En efecto –como a menudo sucede- para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro. En este caso, la acentuación sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como “Corazón latiente” de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades. El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.

En realidad es equivocado contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competencia. Es justo lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento es como el “ambiente” espiritual dentro del que la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Sólo si es precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, después de que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestro sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.

En este sentido, me gusta subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración, estamos todos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del Amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido diversas veces en la basílica de San Pedro, y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes, recuerdo por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente a todos que estos momentos de vela eucarística preparan la celebración de la Santa Misa, preparan los corazones al encuentro, de manera que este resulta incluso más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento, es una de las experiencias más auténticas del nuestro ser Iglesia, que se acompaña en modo complementario con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida. Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntos. Para comunicar verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, plenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y lamentablemente, si falta esta dimensión, incluso la misma comunión sacramental puede llegar a ser, por nuestra parte, un gesto superficial. En cambio, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decir al Señor palabras de confianza, como las que han resonado hace poco en el Salmo responsorial: “Yo soy tu siervo, hijo de tu esclava:/ tu has roto mis cadenas./ Te ofreceré un sacrificio de alabanza/ e invocaré el nombre del señor” (Sal 115,16-17).

Ahora querría pasar brevemente al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí hemos sufrido en el pasado reciente un cierto malentendido del mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana respecto al culto ha sido influenciada por una cierta mentalidad secular de los años sesenta y setenta del

siglo pasado. Es verdad, y sigue siendo siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y sin embargo de esta novedad fundamental no se debe concluir que lo sacro no exista ya, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que hemos escuchado esta tarde en la segunda lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, “sumo sacerdote de los bienes futuros” (Heb 9,11), pero no dice que el sacerdocio se haya acabado. Cristo “es mediador de una alianza nueva” (Heb 9,15), establecida en su sangre, que purifica “nuestra conciencia de las obras de muerte” (Heb 9,14).

El no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un nuevo culto, que es sí plenamente espiritual pero que sin embargo, mientras estamos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que desaparecerán sólo al final, en la Jerusalén celeste, donde no habrá ya ningún templo (cfr Ap 21,22). Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede para los mandamientos, ¡también más exigente! No basta la observancia ritual, sino que se exige la purificación del corazón y la implicación de la vida.

Me gusta también subrayar que lo sacro tiene una función educativa, y su desaparición inevitablemente empobrece la cultura, en especial la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada y no necesitada ya de signos sacros, fuera abolida esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma resultaría “aplanado”, y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O pensemos en una madre o un padre que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad acabarían por dejar el campo libre a los tantos sucedáneos presentes en la sociedad de los consumos, a otros ritos y otros signos, que más fácilmente podrían convertirse en ídolos. Dios, nuestro Padre, no ha hecho así con la humanidad: ha enviado a su Hijo al mundo no para abolir, cino para dar cumplimiento también a lo sacro. En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento pascual. Actuando así se puso a sí mismo en el lugar de los sacrificios antiguos, pero hizo dentro de un rito, que mandó a los apóstoles perpetuar, como signo supremo del verdadero Sacro, que es El mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.

Convivencia de fin de curso de 2º de confirmación.

El pasado sábado 9 de junio, un grupo de jóvenes de 2º de confirmación de nuestra parroquia, pasó el día de convivencia para finalizar así el curso de catequesis.

Los muchachos se dieron cita a las once de la mañana en el Atrio de la Purísima para partir hacia el campo de Pepe y Elsa, unos de los catequistas de los jóvenes, que generosamente ponen su casa y su campo a disposición de la parroquia siempre que es necesario.

Una vez allí, la jornada comenzó con el rezo de laudes donde se proclamó el evangelio de Marta y María, poniendo de manifiesto que nosotros, como María, necesitamos dejar el mundanal ruido para poder escuchar la voz de Cristo que resuena en nuestro corazón.

Posteriormente hubo tiempo para la distensión hasta la hora de comer, jugar al fútbol, al tenis, y también refrescarse con el baño en la piscina.

El día terminó con la celebración de la Eucaristía. En ella se animó a los jóvenes a vivir unas vacaciones en Cristiano, ya que el Señor no se va de vacaciones. También, por encontrarnos en la solemnidad del Corpus Christi, se ensalzó la importancia de participar en la Eucaristía y lo que ello significa, así como la necesidad que tenemos de adentrarnos en la adoración Eucarística, en la que el sol de justicia que es Jesucristo nos va sacando de nuestras tinieblas para adentrarnos en la luz.

«Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío».

Con esta jaculatoria expresamos al Señor nuestra confianza en su misericordia. Dejamos de mirarnos a nosotros mismos para mirarlo a Él, Fuente de todo Consuelo, Vida y Esperanza de los pecadores, Abismo de todas las Virtudes y Remedio para todos los males.

El origen de la fiesta del Sagrado Corazón es la contemplación de Jesús Crucificado en el Viernes Santo, como la festividad del Corpus tiene su origen en la contemplación de la Institución de la Eucaristía el Jueves Santo.

De todas las llagas de la Pasión del Señor la llaga de su Sagrado Costado ha sido siempre la más contemplada y estudiada. San Juan en su evangelio habla de ella expresamente: “…cuando llegaron a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.
Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.” (Jn 19,33-37)

El Señor a Santa Margarita María quiso enseñarle místicamente el interior de esa llaga del Costado y ella vio el corazón de Jesús herido por la lanza, coronado de espinas y coronado por la cruz y envuelto en llamas. «Mira este Corazón mío, que a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo Sacramento de mi Amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradamente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio.»

Desde ese momento la devoción al Sagrado Corazón de Jesús tomó el cariz especial de ser reparadora, es decir, escuela de agradecimiento al Señor por el inmenso amor que nos tiene y de voluntad de vivir correspondiendo a ese amor divino con nuestro propio amor especialmente en el Santísimo Sacramento del Altar.

En el lenguaje bíblico el «corazón» indica el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus intenciones. En el corazón del Redentor adoramos el amor de Dios a la humanidad, su voluntad de salvación universal, su infinita misericordia. Por tanto, rendir culto al Sagrado Corazón de Cristo significa adorar aquel Corazón que, después de habernos amado hasta el fin, fue traspasado por una lanza y, desde lo alto de la cruz, derramó sangre y agua, fuente inagotable de vida nueva.

Doce promesas hizo el Señor a Santa Margarita María para todos aquellos que rindiesen culto a su Sagrado Corazón:

  1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.

  2. Pondré paz en sus familias.


  3. Les consolaré en sus penas.


  4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.


  5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.


  6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

  7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.


  8. Las almas tibias se volverán fervorosas.


  9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.


  10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.


  11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.


  12. Prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.

Los Primeros Viernes de cada mes son el día más propio para honrar al Corazón del Señor con la Comunión, la Confesión de los pecados y la Adoración del Santísimo Sacramento. Y anualmente en la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

El Beato Juan Pablo II instituyó para el día del Corazón de Jesús la Jornada Mundial de oración por los sacerdotes para que los presbíteros no antepongan nada al amor de Cristo. Confiemos, pues,  este día al Señor a todos los sacerdotes para que sean verdaderamente santos en el Señor.

San Francisco de Asís lloraba con frecuencia sin motivo aparente y cuando le preguntaban respondía: “El Amor no es amado, el Amor no es amado…” He aquí, pues, una de las claves fundamentales de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: El Señor desea ser amado porque de amar su amor depende la verdadera felicidad de cada uno de los hombres.

José Antonio Abellán

Pinchar aquí para ver el ejercicio del Mes del Corazón de Jesús.

Los chicos de 1º de confirmación terminan el curso.

El pasado jueves 7 de junio se puso punto y final al curso de catequesis de los jóvenes de 1º de confirmación.

Los 13 grupos de jóvenes se reunieron con sus catequistas y el coadjutor D. Asensio para tener una celebración en la capilla de la comunión de la Basílica. Con ella se concluía el último tema que los jóvenes han tratado, el 8º mandamiento. Al final de la celebración todos compartieron un ágape fraterno, con ambiente festivo, en el Atrio de la Purísima.

El próximo sábado día 16 de junio, de nuevo se reunirán los jóvenes de 1º para pasar el día de convivencia en un campo en el monte Arabí, donde habrá ocasión de celebrar la Eucaristía, disfrutar del campo y también del baño refrescante.

El balance que los catequistas han hecho de este curso ha sido muy positivo. El nuevo modo de impartir la catequesis en grupos de 9 ó 10 chicos con la guía de un matrimonio, teniendo las reuniones en el hogar de los catequistas, trabajando con la Biblia, teniendo también celebraciones en la Parroquia, y participando en la Eucaristía juvenil de los sábados, ha sido un revulsivo que ha servido para crear lazos entre los jóvenes con sus catequistas y también con la Parroquia.

“ME ACERCARÉ AL ALTAR DEL SEÑOR, AL DIOS DE MI ALEGRÍA…” (Sal 43,4)

Cristo es a la vez Sacerdote, Víctima y Altar. Así lo realizó en la cruz y así lo viene haciendo por medio del Sacramento de la Eucaristía hasta el final de los tiempos y por toda la eternidad.

El Viernes Santo, el Señor ofreció al Eterno Padre, para el perdón de los pecados de todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, su Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad, toda su persona divina y humana y esto es lo que nos mandó a sus discípulos que lo realizásemos en conmemoración suya en la tarde del Jueves Santo.

Cuando celebramos la Santa Misa Cristo mismo se hace presente en su Iglesia para actualizar su obra salvadora, regalarnos la unión con Él por medio de la Comunión y capacitarnos para ofrecernos junto con Él mismo a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo para gloria de Dios, salvación nuestra y de todos los hombres, nuestros hermanos.

El Señor se hace presente en la celebración de la Eucaristía por medio de su Cuerpo, que es la Iglesia, presidida por el ministro cualificado, sacramento de Cristo Cabeza, el sacerdote. Sin sacerdote no puede haber asamblea eucarística. Esa asamblea eucarística no es sólo el grupo de cristianos reunidos en un lugar, sino la Iglesia entera, no sólo la Iglesia peregrina en este mundo, sino también la iglesia purgante y la Iglesia triunfante que goza en el Cielo. Se hace presente también por medio de su Palabra proclamada y acogida por le pueblo fiel, que nos ilumina y anima a vivir en la fe. Y se hace presente de modo eminente, sublime y único por medio de las especies sacramentales del Pan y del Vino convertidas por su propia Palabra y la acción del Espíritu Santo en su Precioso Cuerpo y Sangre para que lo recibamos en la Comunión.

Todo este Misterio de la presencia viva del Señor tiene su modo práctico de organizarse en los lugares sagrados a la hora de celebrar la Santa Misa. Tradicionalmente las iglesias han sido construidas en forma de cruz para representar el lugar del Calvario al que todos somos convocados. En la cabecera de la cruz está colocado el presbiterio, el lugar más sublime donde Cristo ejerce su oficio sacramental por medio de los sacerdotes. En el presbiterio está colocada la Mesa del Altar, imagen de Cristo mismo, que es besada por el sacerdote al comienzo y final de la acción litúrgica como si besase al mismo Señor; también está colocado el Ambón o lugar desde donde se proclaman las Sagradas Escrituras y resuena la voz de Cristo Palabra Eterna, y está colocada la sede del sacerdote que hace presente y actúa en nombre de Cristo Cabeza de su Pueblo. En la nave de la iglesia está el espacio de la Asamblea cristiana que asiste activamente a la celebración cantando a la Santísima Trinidad, adorándola, escuchándola con respeto en la Persona del Hijo que nos habla  y recibiendo en la Comunión, uniéndose a Cristo, la fuerza del Espíritu Santo y la Prenda de la Vida Eterna.

El centro de atención y el culmen de toda iglesia es el Altar del Señor sobre el que está colocada la Cruz que nos recuerda la razón de esa Mesa Sagrada donde se nos comunica el Banquete Pascual. El Altar nos preside y a él nos acercamos, no somos sus propietarios, sino sus invitados, detrás del Altar está el Cielo, por eso siempre se ha colocado detrás de él el retablo con las imágenes sagradas de Cristo mismo, de la Virgen y de los Santos. Tampoco el Altar es “propiedad” del sacerdote, él también se acerca a la Mesa Santa con respeto como cabeza del Pueblo de Dios aunque ejerza en él el oficio de Cristo ministro de la Salvación.

En la práctica actual se ha organizado la Misa de manera que el ministro sagrado esté al otro lado del Altar, como mirando al pueblo, cerrando el círculo. Su Santidad Benedicto XVI ha llamado reiteradas veces la atención sobre el peligro de este “cierre” del círculo que puede hacernos caer en el error de mirarnos a nosotros mismos en vez de mirar al Señor, Puerta del Cielo, y por eso ha recomendado insistentemente, -para no hacer más cambios-, que se coloque la cruz en el centro de tal modo que sacerdotes y fieles la miren a ella y no se miren a sí mismos cayendo en el error de creer que el culto litúrgico de la Misa es para nosotros en vez de ser para Dios, confundiendo el Banquete Eucarístico con un banquete humano en vez de entender lo que es: el Banquete Divino .

Presidir y celebrar la Santa Misa con el sacerdote colocado detrás del Altar es la novedad más palpable de la celebración de la Santa Misa después del Concilio Vaticano II. El Concilio no mandó este cambio en el modo de celebrar la Misa, pero la reforma que salió de él así lo organizó, aunque sin impedir de ninguna manera que se pueda celebrar del modo tradicional, es decir, con todos los miembros que asisten a la celebración, sacerdote y fieles, mirando al Altar como última referencia. De hecho el mismo Papa celebra así, tanto en su capilla privada como en otras capillas que hay en la Basílica de San Pedro. En nuestra Basílica tenemos la oportunidad de celebrarla de los dos modos, y así lo hacemos, para resaltar las riquezas que tanto una manera como otra tienen. Lo importante es que nunca olvidemos lo esencial, que es la gloria y glorificación de Dios y descubramos que el Sacramento de la Eucaristía, donde esta Gloria se hace presente y donde nosotros lo glorificamos, nos desborda en la compresión y siempre nos supera.

Quiera Dios que esta próxima fiesta del Corpus que celebramos en este año dos mil doce nos ayude a entrar con mayor humildad en este Misterio de Cristo real, sustancial y verdaderamente presente en la Eucaristía y nos ayude a celebrarlo con mayor dignidad, amor y respeto, creciendo en la fe y adorándolo con todo nuestro ser.

José Antonio Abellán

Peregrinación de jóvenes a Granada-Sevilla

La Parroquia de la Purísima organiza una peregrinación para los jóvenes de Yecla visitando Granada y Sevilla.

Tendrá lugar del 16 al 20 de agosto. Serán unos días de convivencia, de oración, de compartir la fe visitando algunos lugares de peregrinación como la tumba del Bto. Fray Leopoldo de Alpandeire, la Basílica de la Virgen de las Angustias de Granada o la Macarena de Sevilla, y también para pasarlo bien, porque como decía el Beato Papa Juan Pablo II «se puede ser joven y seguir a Cristo«.

Aquí tienes algunos datos acerca de nuestra peregrinación:

  • Se desarrollará del 16 al 20 de agosto.
  • Viajaremos en autobús, pasando dos noches en Granada y dos en Sevilla.
  • El domingo 19 lo pasaremos en el parque temático de Isla Mágica de Sevilla.
  • El precio es de 150 €, incluyendo autobús, comida y el pase al parque temático.
  • ¡Apúntate ya! Para ello entrega en la Parroquia la hoja de inscripción, una fotocopia de tu DNI y el anticipo de 30 €.
  • Para ayudar a costear el viaje, existe la posibilidad de vender papeletas para una rifa que se realizará el 1 de julio.
Ya está abierto el plazo de inscripción.
Descarga la inscripción

Vigilia de oración en el Hospitalico como preparación al Corpus.

La Iglesia de Ntra. Sra. de los Dolores conocida como el «Hospitalico», es el templo Eucarístico de nuestra ciudad. En él se encontraba la desaparecida sección de Adoración Nocturna de Yecla.

Por este motivo será en el Hospitalico donde el próximo viernes 8 de junio, a las 9 de la noche, se celebrará una vigilia de oración como preparación a la solemnidad del Corpus Christi.

En la vigilia seguiremos el esquema que en la actualidad llevan a cabo las secciones de Adoración Nocturna existentes en otras localidades de nuestra Diócesis de Cartagena. Así, comenzaremos con Vísperas y Santa Misa presidida por el Coadjutor de la Basílica, tras la cual se expondrá en la custodia el Santísimo Sacramento para realizar un turno de vela y oración personal, terminando con el rezo de completas antes de la bendición y reserva, que se realizará cerca de las 11:30 de la noche.

Estamos todos invitados, hombres y mujeres, jóvenes y mayores.

Homilía de Benedicto XVI en el Encuentro Mundial de las Familias de Milán.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI,

en la Eucaristía de clausura del VII Encuentro de las Familias en Milán.

Domingo 3 de junio de 2012


Venerados hermanos,
Ilustres autoridades,
Queridos hermanos y hermanas

Es un gran momento de alegría y comunión el que vivimos esta mañana, con la celebración del sacrificio eucarístico. Una gran asamblea, reunida con el Sucesor de Pedro, formada por fieles de muchas naciones. Es una imagen expresiva de la Iglesia, una y universal, fundada por Cristo y fruto de aquella misión que, como hemos escuchado en el evangelio, Jesús confió a sus apóstoles: Ir y hacer discípulos a todos los pueblos, «bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 18-19). Saludo con afecto y reconocimiento al Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán, y al Cardenal Ennio Antonelli, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, artífices principales de este VII Encuentro Mundial de las Familias, así como a sus colaboradores, a los obispos auxiliares de Milán y a todos los demás obispos. Saludo con alegría a todas las autoridades presentes. Mi abrazo cordial va dirigido sobre todo a vosotras, queridas familias. Gracias por vuestra participación.

En la segunda lectura, el apóstol Pablo nos ha recordado que en el bautismo hemos recibido el Espíritu Santo, que nos une a Cristo como hermanos y como hijos nos relaciona con el Padre, de tal manera que podemos gritar: «¡Abba, Padre!» (cf. Rm 8, 15.17). En aquel momento se nos dio un germen de vida nueva, divina, que hay que desarrollar hasta su cumplimiento definitivo en la gloria celestial; hemos sido hechos miembros de la Iglesia, la familia de Dios, «sacrarium Trinitatis», según la define san Ambrosio, pueblo que, como dice el Concilio Vaticano II, aparece «unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Const. Lumen gentium, 4). La solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad, que celebramos hoy, nos invita a contemplar ese misterio, pero nos impulsa también al compromiso de vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad. Estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diferentes carismas bajo la guía de los pastores. En una palabra, se nos ha confiado la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más una familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no sólo con la palabra. Más bien diría por «irradiación», con la fuerza del amor vivido.

La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, «creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Creced, multiplicaos”» (Gn 1, 27-28). Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios. Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación. Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad. Pero también vosotros, hijos, procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor.

El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si, con la fuerza que viene de la gracia del sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro «sí», también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret. Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo. Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil. Todos estos elementos construyen la familia. Vividlos con valentía, con la seguridad de que en la medida en que viváis el amor recíproco y hacia todos, con la ayuda de la gracia divina, os convertiréis en evangelio vivo, una verdadera Iglesia doméstica (cf. Exh. ap. Familiaris consortio, 49). Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía.

En el libro del Génesis, Dios confía su creación a la pareja humana, para que la guarde, la cultive, la encamine según su proyecto (cf. 1,27-28; 2,15). En esta indicación de la Sagrada Escritura podemos comprender la tarea del hombre y la mujer como colaboradores de Dios para transformar el mundo, a través del trabajo, la ciencia y la técnica. El hombre y la mujer son imagen de Dios también en esta obra preciosa, que han de cumplir con el mismo amor del Creador. Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias. Es más, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social.

Un último elemento. El hombre, en cuanto imagen de Dios, está también llamado al descanso y a la fiesta. El relato de la creación concluye con estas palabras: «Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró» (Gn 2,2-3). Para nosotros, cristianos, el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal. Es el día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, como estamos haciendo hoy, para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor. Es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte. Es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa. Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios.

Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano. A este respecto, privilegiad siempre la lógica del ser respecto a la del tener: la primera construye, la segunda termina por destruir. Es necesario aprender, antes de nada en familia, a creer en el amor auténtico, el que viene de Dios y nos une a él y precisamente por eso «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo para todos” (1 Co 15,28)» (Enc. Deus caritas est, 18). Amén.

Los niños de 1ª Comunión suben al Castillo a visitar a la Patrona.

El viernes 1 de junio, los niños que este año han hecho su Primera Comunión en la Basílica de la Purísima,  subieron a pie al Santuario del Castillo para visitar la imagen de la Patrona de Yecla la Purísima Concepción.

Encabezados por el Párroco D. José Antonio, algunas catequistas y también algunos padres, a las seis de la tarde iniciaban la subida desde la Basílica más de setenta niños.

Ya en el Santuario de la Virgen, tuvo lugar una Eucaristía festiva, tras la cual se entonó la Salve y el himno a la Patrona. Para finalizar, abierto el camarín de la Virgen, los niños dejaron un beso en su manto azul, y allí, a los pies de la Patrona, el Párroco les explicó la simbología que rodea la imagen de la Inmaculada Concepción: la media luna del Apocalipsis a los pies de la Virgen; Satanás, representado en el dragón con la manzana en la boca, pisado por la nueva Eva que es María concebida sin mancha de pecado; el color azul del manto; la azucena, símbolo de la pureza, que la Virgen lleva entre sus manos, los ángeles…

Para finalizar todos los niños recibieron el obsequio de un rosario de pulsera.

Viaje de fin de curso de los catequistas de 1ª Comunión

El pasado miércoles 30 de mayo, los catequistas de Primera Comunión pasaron una jornada de convivencia para poner punto y final al curso, una vez finalizadas las celebraciones de las primeras comuniones en la Basílica de la Purísima.

Acompañados por nuestro Párroco D. José Antonio, y por el sacristán de la Basílica Pepito, el cerca de medio centenar de catequistas viajaron a la ciudad portuaria de Cartagena, donde se desarrolló una jornada distendida con visita el Museo Arqueológico, el teatro romano, la Iglesia de Sta. María, el puerto… incluso hubo ocasión para montar en barco en un paseo por el mar.

Tras la comida, ya por la tarde, asistieron a la Santa Misa en la Basílica de la Virgen de la Caridad, Patrona de Cartagena, celebrada por D. José Antonio y concelebrada por D. Francisco Montesinos, Rector de la Basílica Cartagenera.