Próximos actos con motivo de la festividad de la Virgen del Carmen.

Como ya es tradición, en la Basílica de la Purísima Concepción de Yecla celebramos también la festividad de la Reina del Carmelo, la Stma. Virgen del Carmen.

Con este motivo el viernes 13, sábado 14 y domingo 15 de julio, celebraremos un triduo preparatorio para la fiesta del Carmen, que comenzará a las 19:30 h. con el rezo del Santo Rosario, posteriormente la Eucaristía a las 20 h., concluyendo con una oración a la Virgen.

El lunes día 16, festividad de Ntra. Sra. del Carmen, celebraremos la Eucaristía a las 8 de la mañana y a las 8 de la tarde, con impoisición del escapulario del Carmen para todos aquellos que lo deseen.

Al finalizar la celebración vespertina tendrá lugar la procesión claustral por las naves de la Basílica, portando en andas la imagen de la Virgen del Carmen que se encuentra en la sacristía de la Capilla de la Comunión.

BENDITA ES LA REINA DEL MONTE CARMELO

El próximo lunes, día 16, es la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, una de las fiestas populares más entrañables que el pueblo cristiano dedica a la memoria de la Virgen María.

El origen de esta conmemoración se remonta al siglo XII cuando un grupo de peregrinos y soldados de las Cruzadas decidieron retirarse al Monte Carmelo y hacer en ese lugar vida de ermitaños dedicados a la oración, la contemplación y la penitencia y se pusieron bajo la protección de la Virgen María.

Muchos siglos antes, 870 años antes del nacimiento del Señor, en ese mismo monte el profeta Elías defendió la fe en Dios frente a un rey y un pueblo que había renegado de él y se había hecho pagano adorando a Baal, el “señor” de los poderes de este mundo. Había una prolongada sequía que duraba más de tres años. Por la oración del profeta una pequeña nube se levantó por el mar Mediterráneo y al poco tiempo empezó a llover copiosamente.

Aquellos ermitaños del Carmelo interpretaron que esa pequeña nube que derramaba la lluvia sobre la tierra y la hacía germinar era una figura de la Virgen María y por eso la nombraron su Patrona en el monte donde se demostró la verdad de la fe en Dios, único Señor del Cielo y de la tierra.

Hoy, aunque parezca que no, hay muchas personas que adoran a los baales en vez de adorar a Dios. Creen que la vida depende de tener asegurados los bienes de este mundo, especialmente la salud, el dinero y los afectos. La Virgen María sale a nuestro encuentro para recordarnos la verdadera fe, la que ella tuvo y de la que vivió todos los días de su vida. La Virgen nos invita a la oración sincera desde lo profundo de nuestro corazón, a la penitencia y a la contemplación en la escucha atenta de la Palabra de Dios como ella misma supo hacerlo.

El traje con que se representa a la Virgen bajo la advocación del Monte Carmelo es, precisamente un traje de peregrina, de ermitaña, de penitente, por eso es de color marrón, y el escapulario que lleva en las manos es una invitación a vivir de la misma manera.

En la ciudad de Yecla la devoción a la Santísima Virgen está profundamente arraigada en el corazón de muchos hijos de este pueblo. Escuchemos en este día de la Virgen del Carmen la voz humilde de María que nos invita a acercarnos más al Señor. Tanto en Lourdes como en Fátima los videntes dicen que oyeron a la Virgen hablar con insistencia de la penitencia. La vidente Lucía en Fátima, que después se hizo carmelita en Coimbra, preguntó en qué consistía hacer penitencia y dice que la Virgen le respondió: “Hacer lo que se debe hacer”. Eso es la penitencia. Es lo mismo que los oyentes de San Pedro preguntaron al apóstol el domingo de Pentecostés: “¿Qué debemos hacer?” Pedro les respondió: “Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Eso es lo que nosotros debemos hacer también, eso es “hacer lo que se debe”.

La devoción a la Virgen no consiste en un estéril sentimentalismo o en una simple admiración, sino en una sincera imitación, en una voluntad de aprender de ella a vivir de la fe en Dios en las duras y en las maduras. Tanta referencia a la penitencia y a la conversión hace la verdadera devoción a la Virgen que a Nuestra Señora del Carmen se la invoca también como protectora de las Almas del Purgatorio, de aquellos hermanos nuestros que, muertos en la Gracia de Dios y herederos del Cielo tienen que purificar las consecuencias de los pecados que han cometido mientras han vivido en la tierra. Para purificar sus culpas necesitan de la ayuda de los Santos y de los que todavía peregrinamos. La Virgen María y los Santos del Cielo los asisten con sus consuelos e intercesión ante el Señor, nosotros aquí en la tierra remediamos las consecuencias de sus pecados con las obras de caridad para con el prójimo, con la oración y, sobre todo, con la ofrenda del Sacrificio de Cristo en la Eucaristía aplicando por ellos el Sufragio de la Santa Misa.

Que la devoción a la Virgen del Carmen nos ayude a todos a crecer en la verdad, la alegría y la belleza de la fe cristiana, la única que devuelve al ser humano la dignidad perdida y la eleva a cotas insospechadas: La altura del Cielo.

José Antonio Abellán

LA “DECONSTRUCCIÓN” DE LA SOCIEDAD. Por José A. Abellán.

Los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron impresionantes y pusieron las bases de muchas de las cosas que estamos viviendo hoy: Se convocó y desarrolló e implementó el Concilio Vaticano II, aconteció el asesinato del Che Guevara en Bolivia, triunfan los Beatles, los Rolling Stone, Bob Dylan, Elvis Presley…, en Francia estalla la revuelta de “Mayo del 68”, el hombre llega a la Luna, nace el movimiento “hippie”, se proclaman los eslóganes “sexo, drogas y rock and roll”, “haz el amor y no la guerra”, “Peace”, en San Francisco, California, se celebra el “Verano del Amor”, Mao emprende la “revolución cultural” en China, se construye el Muro de Berlín, cae asesinado John F. Kennedy, cae asesinado Martin Luther King, muere Francisco Franco, estalla la Primavera de Praga, dimite el General De Gaulle en Francia, la Guerra Fría se eleva de nivel, se crean los movimientos y grupos revolucionarios en América Latina, se descubre la píldora anticonceptiva…

Ya antes Simone de Beauvoir  había escrito en 1945 el libro “El segundo sexo” donde afirmaba que “no se nace mujer, una se hace mujer”, que es el libro de cabecera de la revolución feminista que, llevada al extremo, interpreta la relación hombre-mujer en clave marxista como la lucha entre la mujer oprimida y el varón opresor a causa de la posibilidad de la mujer de quedarse embarazada, lo cual sirve para que el hombre la tenga subyugada, por tanto la mujer debe liberarse de esa posibilidad sexual separando la relación sexual de la fecundación. Es una mentira ideológica que persiste hasta el día de hoy.

También el 1953 se publicó el “Informe Kinsey” en base a una larga encuesta hecha con hombres y mujeres presos y prostitutas, que trajo como consecuencia la afirmación, supuestamente científica y creída por muchos así, de que el 10% de las personas son homosexuales. Es otra mentira sociológica que permanece también hasta el día de hoy.

En el año 1973 el caso “Roe contra Wade” consiguió que la Corte Suprema de los Estados Unidos autorizara la posibilidad del aborto, (hoy llamado interrupción voluntaria del embarazo), en todos los Estados de la Unión. Una mujer, Norma McCorvey, fue defendida ante los tribunales alegando que había sido violada por unos pandilleros. Acabado el juicio admitió que había mentido y proclamó que había cometido el peor error de su vida al permitir que las abogadas la defendieran con la mentira para abrir la puerta al crimen de los no nacidos, pero el daño ya estaba hecho. Es una mentira jurídica que ha tomado cartas de legalidad hasta el día de hoy.

De aquellos barros vienen estos lodos: la perversidad de proclamar el aborto como un derecho de la mujer, la campaña de anticoncepción, la ideología de género, el divorcio como derecho individual, las campañas de incitación a relaciones sexuales incluso en edades menores, la promiscuidad, la violencia doméstica, la exaltación de la pornografía, la destrucción del matrimonio y de la familia…

Los Obispos españoles han escrito un denso documento titulado «La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar» que os recomiendo sinceramente leer y estudiar. Lo podéis encontrar en este enlace  de la web de la conferencia episcopal www.conferenciaepiscopal.es. Es una verdadera maravilla, un canto a la verdad, al amor y a la esperanza.

José Antonio Abellán

Número premiado en el sorteo a benefecio de la peregrinación de jóvenes: 60855

El sorteo se realizó ante notario en las oficinas de Haya Travel.

NÚMERO PREMIADO: 60855

El poseedor de papeleta la papeleta con este número será el ganador del Crucero por el Mediterraneo. Presentese en las oficinas de la agencia Haya Travel.

 

Toma de posesión de los nuevos cargos en el Real Cabildo de Cofradías de Yecla.

Al tener que ser renovada la mitad de la Junta de Gobierno del Real Cabildo Superior de Cofradías Pasionarias de Yecla según lo establecen sus estatutos, el pasado lunes, en un acto íntimo en la sede del Real Cabildo, se procedió a la toma de posesión de los nuevos cargos así como a homenajear a los miembros que durante estos años han ejercido su labor como miembros del Cabildo.

De esta forma el Real Cabildo queda compuesto de la siguiente manera:

  • Presidente: D. Francisco Muñoz Ortega.
  • Vicepresidente: D. Luis Palao Díaz.
  • Secretario: D. Enrique Pérez Navarro.
  • Vicesecretario: D. José Manuel Lax Mira.
  • Tesorera: Dª Loli Marco Varela.
  • Vicetesorera: Dª María Dolores Marco Navarro.
  • Vocal de relaciones eclesiásticas, formación, juventud y caridad: D. José Simón Pérez.
  • Vocal de relaciones públicas: Dª Fini Riquelme Chinchilla.
  • Vocal Asesor: D. Francisco Torres Tomás.
  • Vocal de propaganda: Dª María de los Ángeles García Santa.
  • Vocales de procesión: D. José Muñoz Muñoz, D. Fernando Lino Moragón Palao, Dª Inmaculada Palao Ibáñez.
  • Consiliario: Rvdo. D. José Antonio Abellán Jiménez.

Viaje de la Parroquia en agosto: «La ruta de los Monasterios». La Rioja-navarra-País Vasco.

Desde 1992 la Parroquia de la Purísima viene organizando en el mes de agosto un viaje-peregrinación. Así se han llevado a cabo distintas rutas por España como el Camino de Santiago, los Valles del Pirineo, Monasterios de Cataluña, la ruta del Duero, … y también viajes a otros países como Tierra Santa, Jordania, Alemania, Austria, Holanda, Bélgica, Portugal, Francia…

Este mes de agosto de 2012 se ha proyectado la peregrinación “Ruta de los Monasterios”, pasando por La Rioja, Navarra y País Vasco. El viaje se llevará a cabo del 6 al 13 de agosto.

Para más información y reserva en la Sacristía de la Parroquia o en las oficinas de Haya Travel, situadas en  C/ Juan Ortuño, 10 (Yecla).

Pinchar aquí para ver el programa del viaje.

INFORMACIÓN:

Precio por persona…800 € (para un grupo de 40 personas).

Precio por persona… 830 € (para un grupo de 35 personas).

EL PRECIO INCLUYE:

  • Autobús según itinerario.
  • 7 noches en hoteles de 4 estrellas, en régimen de Media Pensión (desayuno y cenas).
  • 8 almuerzos en restaurantes, según itinerario.
  • Entradas a los lugares según itinerario: catedrales, palacios, museos…
  • 4 visitas guiadas de medio día: en Vitoria, Logroño, Calahorra y Estella.
  • Agua y vino en las comidas y cenas.
  • Seguro de Asistencia en viaje.
  • Mochila de viaje.

EL PRECIO NO INCLUYE:

Cualquier servicio no especificado en el apartado anterior, y los extras en los hoteles.

NOTAS:

Se requerirá un depósito del 30% del total del viaje para la confirmación de los servicios.

Pago de un 50% del total 70 días antes de la salida.

Entrega de nombre y pago del resto 20 días antes de la salida.

Actos de la solemnidad de San Pedro y San Pablo.

Este fin de semana hemos celebrado la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, y la Cofradía de San Pedro Apóstol de Yecla ha querido celebrar la solemnidad de su titular con diversos actos.

El viernes 29 a las 9 de la noche, la Agrupación Musical de la Cofradía acompañó al Párroco de la Purísima, al capellán de las Concepcionistas, al presidente del Real Cabildo, al presidente de la Cofradía de San Pedro y demás fieles y cofrades, en un pasacalles desde la Basílica hasta la nueva sede de la Cofradía en la calle Corredera, donde se procedió a su bendición e inauguración.

El sábado 30 la Cofradía participó en la Eucaristía de las 8 de la tarde presidida por D. José Antonio Abellán, y posteriormente la Agrupación Musical ofreció un concierto en la Plaza Mayor.

Homilía del Santo Padre en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo. 29 de junio de 2012

Señores cardenales,

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,

Queridos hermanos y hermanas

Estamos reunidos alrededor del altar para celebrar la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma. Están aquí presentes los arzobispos metropolitanos nombrados durante este último año, que acaban de recibir el palio, y a quienes va mi especial y afectuoso saludo. También está presente, enviada por Su Santidad Bartolomé I, una eminente delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que acojo con reconocimiento fraterno y cordial. Con espíritu ecuménico me alegra saludar y dar las gracias a «The Choir of Westminster Abbey», que anima la liturgia junto con la Capilla Sixtina. Saludo además a los señores embajadores y a las autoridades civiles: a todos les agradezco su presencia y oración.

Como todos saben, delante de la Basílica de San Pedro, están colocadas dos imponentes estatuas de los apóstoles Pedro y Pablo, fácilmente reconocibles por sus enseñas: las llaves en las manos de Pedro y la espada entre las de Pablo. También sobre el portal mayor de la Basílica de San Pablo Extramuros están representadas juntas escenas de la vida y del martirio de estas dos columnas de la Iglesia. La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo. En Roma, además, su vinculación como hermanos en la fe ha adquirido un significado particular. En efecto, la comunidad cristiana de esta ciudad los consideró una especie de contrapunto de los míticos Rómulo y Remo, la pareja de hermanos a los que se hace remontar la fundación de Roma.

Se puede pensar también en otro paralelismo opuesto, siempre a propósito del tema de la hermandad: es decir, mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel, Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad: aquí se encuentra el primer mensaje fundamental que la solemnidad de hoy nos ofrece a cada uno de nosotros, y cuya importancia se refleja también en la búsqueda de aquella plena comunión, que anhelan el Patriarca ecuménico y el Obispo de Roma, como también todos los cristianos.

En el pasaje del Evangelio de san Mateo que hemos escuchado hace poco, Pedro hace la propia confesión de fe a Jesús reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios; la hace también en nombre de los otros apóstoles. Como respuesta, el Señor le revela la misión que desea confiarle, la de ser la «piedra», la «roca», el fundamento visible sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia (cf. Mt 16, 16-19). Pero ¿de qué manera Pedro es la roca? ¿Cómo debe cumplir esta prerrogativa, que naturalmente no ha recibido para sí mismo?

El relato del evangelista Mateo nos dice en primer lugar que el reconocimiento de la identidad de Jesús pronunciado por Simón en nombre de los Doce no proviene «de la carne y de la sangre», es decir, de su capacidad humana, sino de una particular revelación de Dios Padre. En cambio, inmediatamente después, cuando Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección, Simón Pedro reacciona precisamente a partir de la «carne y sangre»: Él «se puso a increparlo: … [Señor] eso no puede pasarte» (16, 22). Y Jesús, a su vez, le replicó: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo…» (v. 23). El discípulo que, por un don de Dios, puede llegar a ser roca firme, se manifiesta en su debilidad humana como lo que es: una piedra en el camino, una piedra con la que se puede tropezar – en griego skandalon. Así se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado, que se caracteriza por la coexistencia de estos dos elementos: por una parte, gracias a la luz y la fuerza que viene de lo alto, el papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar.

En el Evangelio de hoy emerge con fuerza la clara promesa de Jesús: «el poder del infierno», es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán, «non prevalebunt». Viene a la memoria el relato de la vocación del profeta Jeremías, cuando el Señor, al confiarle la misión, le dice: «Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1, 18-19). En verdad, la promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las «puertas del infierno», del poder destructor del mal. Jeremías recibe una promesa que tiene que ver con él como persona y con su ministerio profético; Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro.

Pasemos ahora al símbolo de las llaves, que hemos escuchado en el Evangelio. Nos recuerdan el oráculo del profeta Isaías sobre el funcionario Eliaquín, del que se dice: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). La llave representa la autoridad sobre la casa de David. Y en el Evangelio hay otra palabra de Jesús dirigida a los escribas y fariseos, a los cuales el Señor les reprocha de cerrar el reino de los cielos a los hombres (cf. Mt 23,13).

Estas palabras también nos ayudan a comprender la promesa hecha a Pedro: a él, en cuanto fiel administrador del mensaje de Cristo, le corresponde abrir la puerta del reino de los cielos, y juzgar si aceptar o excluir (cf. Ap 3,7). Las dos imágenes – la de las llaves y la de atar y desatar – expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente. La expresión «atar y desatar» forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo «en la tierra… en los cielos» garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios.

En el capítulo 18 del Evangelio según Mateo, dedicado a la vida de la comunidad eclesial, encontramos otras palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 18,18). Y san Juan, en el relato de las apariciones de Cristo resucitado a los Apóstoles, en la tarde de Pascua, refiere estas palabras del Señor: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). A la luz de estos paralelismos, aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados.

Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del ministerio de la Iglesia. Ella no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario. Así, podemos también comprender porqué, en el relato del evangelio, tras la confesión de fe de Pedro, sigue inmediatamente el primer anuncio de la pasión: en efecto, Jesús con su muerte ha vencido el poder del infierno, con su sangre ha derramado sobre el mundo un río inmenso de misericordia, que irriga con su agua sanadora la humanidad entera.

Queridos hermanos, como recordaba al principio, la tradición iconográfica representa a san Pablo con la espada, y sabemos que ésta significa el instrumento con el que fue asesinado. Pero, leyendo los escritos del apóstol de los gentiles, descubrimos que la imagen de la espada se refiere a su misión de evangelizador. Él, por ejemplo, sintiendo cercana la muerte, escribe a Timoteo: «He luchado el noble combate» (2 Tm 4,7). No es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado totalmente. Y por eso el Señor le ha dado la corona de la gloria y lo ha puesto, al igual que a Pedro, como columna del edificio espiritual de la Iglesia.

Queridos Metropolitanos: el palio que os he impuesto, os recordará siempre que habéis sido constituidos en y para el gran misterio de comunión que es la Iglesia, edificio espiritual construido sobre Cristo piedra angular y, en su dimensión terrena e histórica, sobre la roca de Pedro. Animados por esta certeza, sintámonos juntos cooperadores de la verdad, la cual -sabemos- es una y «sinfónica», y reclama de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad el empeño constante de conversión al único Señor en la gracia del único Espíritu. Que la Santa Madre de Dios nos guíe y nos acompañe siempre en el camino de la fe y de la caridad. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amén.

Catequesis de Benedicto XVI en la audiencia del miércoles 27 de junio sobre el himno de Filipenses.

BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 27 de junio de 2012

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra oración está hecha, como hemos visto los miércoles pasados, de silencios y palabra, de canto y gestos que implican a toda la persona: los labios, la mente, el corazón, todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy quiero hablar de uno de los cantos o himnos más antiguos de la tradición cristiana, que san Pablo nos presenta en el que, en cierto modo, es su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Se trata de una Carta que el Apóstol dicta mientras se encuentra en la cárcel, tal vez en Roma. Siente próxima su muerte, pues afirma que su vida será ofrecida como sacrificio litúrgico (cf. Flp 2, 17).

A pesar de esta situación de grave peligro para su incolumidad física, san Pablo, en toda la Carta, manifiesta la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de que no ve la muerte como una pérdida, sino como una ganancia. En el último capítulo de la Carta hay una fuerte invitación a la alegría, característica fundamental del ser cristianos y de nuestra oración. San Pablo escribe: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4, 4). Pero, ¿cómo puede alguien estar alegre ante una condena a muerte ya inminente? ¿De dónde, o mejor, de quién le viene a san Pablo la serenidad, la fuerza, la valentía de ir al encuentro del martirio y del derramamiento de su sangre?

Encontramos la respuesta en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana denomina carmen Christo, el canto a Cristo, o más comúnmente, «himno cristológico»; un canto en el que toda la atención se centra en los «sentimientos» de Cristo, es decir, en su modo de pensar y en su actitud concreta y vivida. Esta oración comienza con una exhortación: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Estos sentimientos se presentan en los versículos siguientes: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, la entrega. No se trata sólo y sencillamente de seguir el ejemplo de Jesús, como una cuestión moral, sino de comprometer toda la existencia en su modo de pensar y de actuar. La oración debe llevar a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como él, en él y por él. Practicar esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana.

Ahora quiero reflexionar brevemente sobre algunos elementos de este denso canto, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios y abarca toda la historia humana: desde su ser de condición divina, hasta la encarnación, la muerte en cruz y la exaltación en la gloria del Padre está implícito también el comportamiento de Adán, el comportamiento del hombre desde el inicio. Este himno a Cristo parte de su ser «en morphe tou Theou», dice el texto griego, es decir, de su ser «en la forma de Dios», o mejor, en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su «ser como Dios» para triunfar o para imponer su supremacía; no lo considera una posesión, un privilegio, un tesoro que guardar celosamente. Más aún, «se despojó de sí mismo», se vació de sí mismo asumiendo, dice el texto griego, la «morphe doulou», la «forma de esclavo», la realidad humana marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por la muerte; se hizo plenamente semejante a los hombres, excepto en el pecado, para actuar como siervo completamente entregado al servicio de los demás. Al respecto, Eusebio de Cesarea, en el siglo iv, afirma: «Tomó sobre sí mismo las pruebas de los miembros que sufren. Hizo suyas nuestras humildes enfermedades. Sufrió y padeció por nuestra causa y lo hizo por su gran amor a la humanidad» (La demostración evangélica, 10, 1, 22). San Pablo prosigue delineando el cuadro «histórico» en el que se realizó este abajamiento de Jesús: «Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre y recorrió un camino en la completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre hasta el sacrificio supremo de su vida. El Apóstol especifica más aún: «hasta la muerte, y una muerte de cruz». En la cruz Jesucristo alcanzó el máximo grado de la humillación, porque la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: «mors turpissima crucis», escribe Cicerón (cf. In Verrem, v, 64, 165).

En la cruz de Cristo el hombre es redimido, y se invierte la experiencia de Adán: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretendió ser como Dios con sus propias fuerzas, ocupar el lugar de Dios, y así perdió la dignidad originaria que se le había dado. Jesús, en cambio, era «de condición divina», pero se humilló, se sumergió en la condición humana, en la fidelidad total al Padre, para redimir al Adán que hay en nosotros y devolver al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres subrayan que se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y su obediencia, lo que se había perdido por la desobediencia de Adán.

En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, come afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: «La obra del Espíritu Santo busca transformarnos por medio de la gracia en la copia perfecta de su humillación» (Carta Festal 10, 4). La lógica humana, en cambio, busca con frecuencia la realización de uno mismo en el poder, en el dominio, en los medios potentes. El hombre sigue queriendo construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para alcanzar por sí mismo la altura de Dios, para ser como Dios. La Encarnación y la cruz nos recuerdan que la realización plena está en la conformación de la propia voluntad humana a la del Padre, en vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser realmente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo cerrado en sí mismo, afirmándose a sí mismo. El hombre sólo se encuentra saliendo de sí mismo. Sólo si salimos de nosotros mismos nos reencontramos. Adán quiso imitar a Dios, cosa que en sí misma no está mal, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es alguien que sólo quiere grandeza. Dios es amor que ya se entrega en la Trinidad y luego en la creación. Imitar a Dios quiere decir salir de sí mismo, entregarse en el amor.

En la segunda parte de este «himno cristológico» de la Carta a los Filipenses, cambia el sujeto; ya no es Cristo, sino Dios Padre. San Pablo pone de relieve que, precisamente por la obediencia a la voluntad del Padre, «Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre» (Flp 2, 9-10). Aquel que se humilló profundamente asumiendo la condición de esclavo, es exaltado, elevado sobre todas las cosas por el Padre, que le da el nombre de «Kyrios», «Señor», la suprema dignidad y señorío. Ante este nombre nuevo, que es el nombre mismo de Dios en el Antiguo Testamento, «toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (vv. 10-11). El Jesús que es exaltado es el de la última Cena, que se despoja de sus vestiduras, se ata una toalla, se inclina a lavar los pies a los Apóstoles y les pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 12-14). Es importante recordar siempre en nuestra oración y en nuestra vida que «el ascenso a Dios se produce precisamente en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y, por eso, la verdadera fuerza purificadora que capacita al hombre para percibir y ver a Dios» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 124).

El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece aquí dos indicaciones importantes para nuestra oración. La primera es la invocación «Señor» dirigida a Jesucristo, sentado a la derecha del Padre: él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos «dominadores» que la quieren dirigir y guiar. Por ello, es necesario tener una escala de valores en la que el primado corresponda a Dios, para afirmar con san Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3, 8). El encuentro con el Resucitado le hizo comprender que él es el único tesoro por el cual vale la pena gastar la propia existencia.

La segunda indicación es la postración, el «doblarse de toda rodilla» en la tierra y en el cielo, que remite a una expresión del profeta Isaías, donde indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45, 23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el ponerse de rodillas durante la oración expresan precisamente la actitud de adoración ante Dios, también con el cuerpo. De ahí la importancia de no realizar este gesto por costumbre o de prisa, sino con profunda consciencia. Cuando nos arrodillamos ante el Señor confesamos nuestra fe en él, reconocemos que él es el único Señor de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijemos nuestra mirada en el Crucificado, detengámonos con mayor frecuencia en adoración ante la Eucaristía, para que nuestra vida entre en el amor de Dios, que se abajó con humildad para elevarnos hasta él. Al comienzo de la catequesis nos preguntamos cómo podía alegrarse san Pablo ante el riesgo inminente del martirio y del derramamiento de su sangre. Esto sólo es posible porque el Apóstol nunca apartó su mirada de Cristo, hasta llegar a ser semejante a él en la muerte, «con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 11). Como san Francisco ante el crucifijo, digamos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, una esperanza cierta y una caridad perfecta, juicio y discernimiento para cumplir tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).

26 de junio: fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Éste santo de nuestros días, fundador del Opus Dei, nos ha dejado un gran legado válido no solo para los miembros y simpatizantes de la Obra (Opus Dei), sino también para toda la Iglesia. (Biografía de san Josemaría).

Precisamente hoy que celebramos su fiesta, la Iglesia nos presenta en el evangelio del día el fragmento de san Mateo de «la puerta estrecha»:

No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas a los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran. (Mt 7,6.12-14) 

Estamos llamados a entrar por esa puerta estrecha que da la vida y la alegría del corazón. Es la llamada universal a la santidad y al apostolado que tanto predicó San Josemaría. Es la meta a la que aspiramos con el auxilio de la gracia de Dios. Y para ello, hemos de buscar la santificación en la vida ordinaria, en el trabajo, la familia, el estudio, las tareas del hogar… llenándolo todo con la presencia de Dios. En el ofrecer al Señor nuestros quehaceres, sufrimientos, contratiempos y adversidades diarias con alegría, está nuestra mortificación y el disponernos a entrar por la puerta estrecha.

Ofrecemos algunos números sobre la mortificación, que Sanjosemaría nos dejó en su obra «Camino»:

192 Siempre sales vencido. —Proponte, cada vez, la salvación de un alma determinada, o su santificación, o su vocación al apostolado… —Así estoy seguro de tu victoria.
193 No me seas flojo, blando. —Ya es hora de que rechaces esa extraña compasión que sientes de ti mismo.
194 Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…
195 Tuvo acierto quien dijo que el alma y el cuerpo son dos enemigos que no pueden separarse, y dos amigos que no se pueden ver.
196 Al cuerpo hay que darle un poco menos de lo justo. Si no, hace traición.
197 Si han sido testigos de tus debilidades y miserias, ¿qué importa que lo sean de tu penitencia?
198 Estos son los frutos sabrosos del alma mortificada: comprensión y transigencia para las miserias ajenas; intransigencia para las propias.
199 Si el grano de trigo no muere queda infecundo. —¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien granadas? —¡Que Jesús bendiga tu trigal!