BENDITA ES LA REINA DEL MONTE CARMELO

El próximo lunes, día 16, es la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, una de las fiestas populares más entrañables que el pueblo cristiano dedica a la memoria de la Virgen María.

El origen de esta conmemoración se remonta al siglo XII cuando un grupo de peregrinos y soldados de las Cruzadas decidieron retirarse al Monte Carmelo y hacer en ese lugar vida de ermitaños dedicados a la oración, la contemplación y la penitencia y se pusieron bajo la protección de la Virgen María.

Muchos siglos antes, 870 años antes del nacimiento del Señor, en ese mismo monte el profeta Elías defendió la fe en Dios frente a un rey y un pueblo que había renegado de él y se había hecho pagano adorando a Baal, el “señor” de los poderes de este mundo. Había una prolongada sequía que duraba más de tres años. Por la oración del profeta una pequeña nube se levantó por el mar Mediterráneo y al poco tiempo empezó a llover copiosamente.

Aquellos ermitaños del Carmelo interpretaron que esa pequeña nube que derramaba la lluvia sobre la tierra y la hacía germinar era una figura de la Virgen María y por eso la nombraron su Patrona en el monte donde se demostró la verdad de la fe en Dios, único Señor del Cielo y de la tierra.

Hoy, aunque parezca que no, hay muchas personas que adoran a los baales en vez de adorar a Dios. Creen que la vida depende de tener asegurados los bienes de este mundo, especialmente la salud, el dinero y los afectos. La Virgen María sale a nuestro encuentro para recordarnos la verdadera fe, la que ella tuvo y de la que vivió todos los días de su vida. La Virgen nos invita a la oración sincera desde lo profundo de nuestro corazón, a la penitencia y a la contemplación en la escucha atenta de la Palabra de Dios como ella misma supo hacerlo.

El traje con que se representa a la Virgen bajo la advocación del Monte Carmelo es, precisamente un traje de peregrina, de ermitaña, de penitente, por eso es de color marrón, y el escapulario que lleva en las manos es una invitación a vivir de la misma manera.

En la ciudad de Yecla la devoción a la Santísima Virgen está profundamente arraigada en el corazón de muchos hijos de este pueblo. Escuchemos en este día de la Virgen del Carmen la voz humilde de María que nos invita a acercarnos más al Señor. Tanto en Lourdes como en Fátima los videntes dicen que oyeron a la Virgen hablar con insistencia de la penitencia. La vidente Lucía en Fátima, que después se hizo carmelita en Coimbra, preguntó en qué consistía hacer penitencia y dice que la Virgen le respondió: “Hacer lo que se debe hacer”. Eso es la penitencia. Es lo mismo que los oyentes de San Pedro preguntaron al apóstol el domingo de Pentecostés: “¿Qué debemos hacer?” Pedro les respondió: “Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Eso es lo que nosotros debemos hacer también, eso es “hacer lo que se debe”.

La devoción a la Virgen no consiste en un estéril sentimentalismo o en una simple admiración, sino en una sincera imitación, en una voluntad de aprender de ella a vivir de la fe en Dios en las duras y en las maduras. Tanta referencia a la penitencia y a la conversión hace la verdadera devoción a la Virgen que a Nuestra Señora del Carmen se la invoca también como protectora de las Almas del Purgatorio, de aquellos hermanos nuestros que, muertos en la Gracia de Dios y herederos del Cielo tienen que purificar las consecuencias de los pecados que han cometido mientras han vivido en la tierra. Para purificar sus culpas necesitan de la ayuda de los Santos y de los que todavía peregrinamos. La Virgen María y los Santos del Cielo los asisten con sus consuelos e intercesión ante el Señor, nosotros aquí en la tierra remediamos las consecuencias de sus pecados con las obras de caridad para con el prójimo, con la oración y, sobre todo, con la ofrenda del Sacrificio de Cristo en la Eucaristía aplicando por ellos el Sufragio de la Santa Misa.

Que la devoción a la Virgen del Carmen nos ayude a todos a crecer en la verdad, la alegría y la belleza de la fe cristiana, la única que devuelve al ser humano la dignidad perdida y la eleva a cotas insospechadas: La altura del Cielo.

José Antonio Abellán

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