Prepararnos meditando para Pentecostés: día 1.

En los Hechos de los Apóstoles se nos narra lo que vivieron los apóstoles justo después de presenciar la Ascensión de Jesucristo al cielo: “desde el llamado monte de los Olivos, los apóstoles regresaron a Jerusalén (…) Todos ellos, junto con algunas mujeres, y con María la madre de Jesús y los hermanos, perseveraban en la oración”. (Hch 1,12). Vemos que antes de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, los discípulos perseveraban en la oración con María, y ésta fue la mejor preparación para recibir al Paráclito.

Por eso esta semana os ofrecemos una serie de textos que nos sirvan para meditar en nuestra oración personal diaria, y prepararnos así para recibir una vez más al Espíritu Consolador.

Día 1.

“Lo primero que conviene para que el Espíritu Santo venga a nuestras almas, es que sintamos gran necesidad de Él y que creamos que puede hacer mucho bien en nuestros corazones. Por desconsolada que esté el alma, basta Él para consolarla; por pobre que esté, para enriquecerla; por tibia que esté, para encenderla; por indevota que esté, para inflamarla en ardentísima devoción.

Lo segundo, conviene mucho para que el Espíritu Santo tenga por bien de venir a nuestros corazones, y es tener deseo de recibirle y que sea nuestro convidado, un cuidado muy grande, un deseo muy firme y ansioso. ¡Oh si viniese el Espíritu Santo! ¡Oh si viniese aquel consolador a visitar y consolar mi alma!

Porque aquella merced cuadra bien, que antes que venga es bien deseada; y el manjar que por sí es bueno, es mal empleado en quien no tiene gana de comer. No vendrá el Espíritu Santo a ti si no tienes hambre de Él, si no tienes deseo de Él. Y los deseos que tienes de Dios, aposentadores son de Dios, y señal es que si tienes deseos de Dios, presto vendrá a ti. No te canses de desearlo, que, aunque te parezca que lo esperas y no viene y aunque te parezca que lo llamas y no te responde, persevera siempre en el deseo y no te faltará.


Hermano, ten confianza en Él. Porque debes, hermano mío, asentar en tu corazón que, si estás desconsolado y llamas al Espíritu Santo y no viene, es porque aún no tienes el deseo que conviene para recibir tal Huésped. Y si no viene, no es porque no quiere venir, no es porque lo tiene olvidado, sino para que perseveres en el deseo, y perseverando hacerte capaz de Él, ensancharte ese corazón, hacer que crezca la confianza, que de su parte te certifico que nadie lo llama que se salga vacío de su consolación.


¡Y cómo dice esto el real profeta David! El deseo de los pobres no lo menospreció Dios, oyólo el Señor. (Sal 21,25) ¿Quién es pobre? Pobre es aquél que desconfía de sí mismo y confía sólo en Dios; pobre es aquel que desconfía de su parecer propio y fuerzas, de su hacienda, de su saber, de su poder; aquel es pobre que conoce su bajeza, su gran poquedad; que conoce ser un gusano, una podredumbre, y pone juntamente con esto su arrimo en sólo Dios y confía que es tanta Su Misericordia, que no le dejará vacío de su consolación. Los deseos de estos tales oye Dios.”


(Del sermón 27 de San Juan de Ávila sobre el Espíritu Santo).

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