Reflexión para el 7 de agosto: San Cayetano de Thiene, Padre de la Providencia.

San Cayetano de Thiene es llamado Padre de la Providencia, por lo que es considerado Patrón del trabajo o de los parados. Creo que en estos tiempos conviene que reflexionamos acerca de nuestra actitud ante las dificultades, ¿qué es la divina providencia?

La tradición nos lleva a entender  que “gracias a la providencia” no nos va a faltar el sustento o los bienes elementales para vivir: la comida, el vestido, el trabajo… y precisamente por la preocupación y amor los pobres que caracterizó a San Cayetano, es por lo que lo invocamos como abogado e intercesor ante Dios pidiendo por estas intenciones. Pero no solamente es eso la providencia, ya que si así fuera sería fácil el que cayéramos en el “te doy para que me des”.

De forma especial presta Dios atención a su creatura predilecta: el hombre. Él se manifiesta en nuestra propia vida, en los acontecimientos, en nuestra historia, porque la vida del hombre tampoco está fuera de su alcance. Y esto es precisamente la Providencia, la acción de Dios en el mundo manifestando su misericordia y su voluntad salvífica para con todos los hombres. Efectivamente, su intervención en nuestra vida es en función de su voluntad salvífica, nos va proveyendo en orden a nuestra salvación.

Meditemos sobre esta frase de San Catalina de Siena: “todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin”. Toda intervención de Dios en nuestra vida es para este fin, para que tú y yo podamos vivir cara a Dios, según su voluntad y así llevemos a término el fin para el que hemos sido creados: encontrar la salvación, y no solo tras la muerte sino ya ahora en esta vida. Vivir con las ideas claras, sabiendo que no estás solo, que hay un Dios de misericordia y amor que actúa entre nosotros. Así vivirás ya salvado, salvado de la indiferencia, de la falsedad, de la frialdad de querer manejar a Dios o vivir una fe a la carta.

Entonces si Dios no hace nada que no esté ordenado a nuestra salvación… ¿no deberíamos examinarnos acerca de lo que le pedimos en nuestra súplicas? ¿Está ordenado a nuestra salvación? Detrás de cada petición ha de encontrarse esta actitud: “que la voluntad de Dios se cumpla por encima de la mía, que se haga lo que más convenga para mi bien”. Ésa ha de ser nuestra oración y nuestra súplica…que se haga lo que más convenga a mi salvación.

Para que digamos que Dios nos escucha, ¿qué pretendemos? ¿que te dé la casa más lujosa? ¿que te dé dinero para disfrutar y despilfarrar mientras hay gente que pasa necesidad? ¿que te dé fama o éxito? ¿Un buen coche? ¿Un trabajo mejor pagado?…. pero ¿te has preguntado alguna vez si de verdad todo eso te conviene, si son para tu bien, para tu salvación? Frecuentemente por no tener a Dios como lo primero en la vida, cuando las circunstancias son favorables y a nuestro gusto, tendemos a dejar a Dios porque no nos hace falta, y comenzamos así a vivir fuera de la salvación, en la indiferencia o en un mero cumplimiento venido a menos. ¿Cómo te va a dar Dios todo esto si en realidad no te conviene? ¿Cómo te va a conceder peticiones egoístas que miran sólo a tu interés y que te pueden llevar a apartarte de Él?

Si pides con fe que se haga en tu vida la voluntad de Dios, si vives con los ojos puestos en Él, es cuando, por intercesión de San Cayetano, verás el milagro de mantenerte en pie en medio de tus dificultades, de poder vivir de la providencia sin faltarnos lo necesario, ni tampoco el consuelo, la gracia y la fortaleza para afrontar las adversidades. Penurias económicas, pérdidas de seres queridos, enfermedades… todo eso forma parte de la vida de todo ser humano, que quiera o no, antes o después tiene que atravesar, y lo puede hacer solo, o lo puede hacer de la mano de Dios. Hagamos caso al lema de vida de San Cayetano: “buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Busquemos ante todo a Dios, en la Iglesia que es donde se encuentra y donde ha querido quedarse, y ya sabrá el Señor darnos la gracia que nos conviene en cada momento.

San Cayetano se caracteriza también de forma especial por la devoción y los lazos que estrecharon su vida a la Santísima Virgen. Es Ella, la Madre, la que puede darnos a Jesús, como se lo entrego a San Cayetano en 1516 en su primera Nochebuena sacerdotal.  Cayetano era consciente de su indignidad para celebrar su primera Misa aun después de haber sido ordenado sacerdote en septiembre. Tuvo la gracia especial en la Nochebuena de 1516, estando en oración ante las reliquias del santo pesebre que se conservan en la Basílica de Sta. María la Mayor de Roma, de recibir el Niño Jesús en sus brazos como obsequio de la Santísima Virgen, instándole a dar comienzo su ministerio sacerdotal. También a nosotros quiere María darnos a su Hijo, y nos lo da en cada Eucaristía. ¡Qué pena no venir a recibirlo, qué lástima de no recibirlo dignamente preparados, y qué pena no corresponder a este gran obsequio como siempre quiso hacerlo San Cayetano: “en justa correspondencia con mi madre María  jamás la abandonaré, ni al anciano Esposo José, ni al pequeño Jesús. Con ella estaré siempre, por los desiertos de Egipto, en cualquier peligro, en la cruz y en el sepulcro”.

San Cayetano nos aconseja acudir a la Señora: “Ruega a la Virgen María que te visite con frecuencia con su excelso Hijo, más aún, pídele que te dé a su Hijo, que es el  verdadero alimento del alma. Ella te lo dará de buena gana, y Él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte”.

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