“Gracias a la vida que me ha dado tanto…”. Por José A. Abellán.

La peruana Violeta Parra escribió el 1966 una canción que se ha hecho enormemente popular hasta hoy: “Gracias a la vida”. Ciertamente es preciosa. Un canto enamorado a las inmensas posibilidades que nos da la existencia: podemos ver el mundo en el que vivimos, podemos oír y experimentar el gozo de la voz del amado, podemos hablar y entender, podemos caminar por grandes y pequeños horizontes, podemos emocionarnos, podemos reír y llorar…

Ciertamente que es mejor vivir que no vivir. La existencia nos da multitud de posibilidades que podemos aprovechar o desaprovechar, eso depende de otros muchos factores entre los que está también nuestra voluntad, pero vivir es siempre maravilloso aunque se sufra y haya complicaciones. La vida es ciertamente un regalo que nos hace conscientes de nuestra existencia.

Pero ¿Quién es la vida? Para algunos es sólo el fruto del azar y la necesidad, sin razón ni concierto. La vida ha surgido por una casualidad entre millones de otras casualidades. No hay más motivo que comprobar que se ha dado. Un día hubo un conjunto de posibilidades que se aunaron y la hicieron posible. Si alguna de esas posibilidades no se hubiera dado la vida no existiría y el día que esas posibilidades desaparezcan la vida desaparecerá.

No tengo ningún problema en aceptar esto con ciertos reparos. La ciencia no puede llegar a más que constatar empíricamente lo que puede constatar y a partir de ahí se queda muda y si habla, habla mal, fuera de su órbita, pero los que vivimos no nos quedamos ahí, necesitamos saber más y seguimos preguntando. Violeta Parra lo dice poéticamente: La vida nos da la posibilidad de oír sonidos que conmueven el alma, nos da la posibilidad de hablar, pensar, declarar… de preguntar, digo yo.

Hay quien dice: “No hay que preguntar”, pero el caso es que seguimos preguntando y los científicos empiristas siguen preguntando también a todos los niveles. La vida que cada uno de nosotros tenemos no es sólo un conjunto de posibilidades que un día se dan y otro día desaparecen, no nos resignamos a esa información, queremos saber más. La vida es memoria, nos da una identidad, una conciencia, una capacidad que va más allá de lo empíricamente constatable y que nos hace amar la vida, amar la existencia y gozarnos con todo lo que existe. La vida que tenemos nos impele a decir: “Quiero la vida”.

Hoy vivimos en un momento de la historia donde algunos se creen dueños de la vida propia y la vida ajena y creen que la muerte es la solución a determinados problemas, que se puede matar impunemente y animan a matar. Muchas leyes de nuestra cultura occidental, empeñada en desbancar el cristianismo, propugnan esto como un bien.

Yo prefiero amar la vida, la mía y la de los demás y no me gustan esas leyes. Prefiero que haya vida por doquier y que haya defensores de la misma, no destructores de ella. Prefiero que los niños sean queridos y abrazados, que los novios y esposos se amen, se respeten y se perdonen, que los jóvenes tengan ilusiones, que los adultos muestren con su esfuerzo el amor a los suyos, que los ancianos y enfermos sean ayudados y consolados, que la vida de cada uno pueda desarrollarse de principio a fin, que el marco de toda vida esté rodeado de un sincero y necesario amor.

¡Qué hermoso es vivir y qué triste es matar! No hay derecho a matar impunemente. Hay derecho a vivir pacientemente, a vivir en paz. Hay derecho a defender la vida, porque la vida siempre es vida incluso cuando se está acabando, lo mismo que cuando está comenzando.

¿Por qué tanta voluntad de crear espacios para la muerte cuando deberíamos crear cada vez más espacios para la vida?

La vida no es un azar y una necesidad que se dio en un momento y ya está. Si decimos eso estamos afirmando que la vida no es razonable y nos atacamos a nosotros mismos que comprobamos que tenemos razón, capacidad de reflexión de búsqueda de sentido, deseos de vivir más allá de lo científicamente comprobable. La vida nos da la capacidad de amar y eso no hay ciencia empírica que lo pueda explicar.

He preguntado antes: “¿Quién es la vida?” Porque estoy convencido de que la vida no es un qué, sino un quién, la vida es un ser vivo que no ama la muerte ni quiere la muerte de nadie. La vida es Dios, así lo llamamos y así es. Los que propugnan la muerte como un bien no creen en Dios, los que defienden la muerte y la apoyan no creen en Dios.

Pues ya sabemos el final de esta historia pretendida: como quitemos a Dios la vida se perderá, pero mientras haya defensores de Dios la vida continuará y al final la vida triunfará.

Una estrofa del himno de la Secuencia de Pascua de Resurrección lo canta así:

“Lucharon vida y muerte

en singular batalla

y muerto el que es la Vida

triunfante se levanta.”

Gracias a la vida que me ha dado tanto… Gracias a Dios que me lo ha dado todo. Gracias a Jesús que ha dicho: “Yo soy la Vida”.

José Antonio Abellán

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