“Habrá un día en el que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga: libertad”. Por José A. Abellán.

Así cantaba el estribillo de una canción de Labordeta que se hizo muy popular.

El don y espacio de libertad es precioso, el apóstol San Pablo nos lo recuerda en una de sus cartas: “Para vivir en la libertad Cristo nos ha liberado” (Gal. 5, 1) y es absolutamente necesario para ser y relacionarnos como humanos. Pero la libertad no se explica ni se justifica por sí sola, necesita un fin que no es ella misma. La libertad es siempre para algo y ese algo al que la libertad se dirige, para que sea buena, es necesariamente la verdad.

 basílicaPuede haber libertad para lo malo, por eso existen las leyes coercitivas, las que prohíben determinados actos y limitan la libertad: el límite de velocidad en el código de circulación  o la obligación de circular por la derecha, por ejemplo, o las que penalizan determinadas conductas como pueden ser el robo, la mentira o el engaño, el maltrato de inocentes, el abuso, la injusticia…

La libertad tiene también el límite del respeto a la dignidad del otro de tal manera que no nos está permitido usar la libertad para agredir, humillar, despreciar a otras personas, Ese uso de la libertad es un abuso.

La libertad es necesaria para exponer todas las ideas y no imponerlas por la fuerza; proponerlas y no forzar a asumirlas; defenderlas con la razón, pero no con la violencia. Y en este juego de relaciones humanas entra ese otro factor también necesario para la libertad: la verdad.

Pues bien, a lo que voy: sin verdad no es posible ni el bien ni la libertad misma. Cuando usamos la palabra libertad y ejercemos su función hemos de buscar siempre si detrás de ella están el bien y la verdad.

Hoy vivimos una etapa de la historia humana muy complicada que el Papa Benedicto XVI ha denominado como la “dictadura del relativismo.” El relativismo se fundamenta en que el bien y la verdad no existen y que por tanto cada uno es susceptible de hacer lo que quiera como quiera. Si lleváramos el relativismo a sus últimas consecuencias deberían de desaparecer todas las leyes, pero como esto es imposible para no convertir de inmediato las relaciones humanas en una jungla feroz que nos devora irremisiblemente, mantenemos las leyes que se van promulgando novedosamente para que cada vez haya más libertad aunque cada vez haya menos bien y menos verdad y así la jungla nos irá devorando poco a poco, casi sin darnos cuenta. Hacemos leyes que van desconstruyendo el espacio vital necesario para el ser humano porque el hombre no puede vivir en un espacio de maldad y mentira.

La libertad que nos propone el relativismo con sus leyes nos está encarcelando en la mentira y en el engaño, y eso no es bueno, es como la trituradora que va dejando cada vez con mayor velocidad un mundo informe, desordenado, desestructurado, inhóspito, incapaz de vida humana.

Los cristianos somos afortunados: tenemos el espacio de libertad más precioso que nos hayamos podido nunca imaginar: el espacio de bien y verdad que es Cristo mismo en el seno de la Iglesia Católica tan despreciada porque se opone con todas sus fuerzas a la dictadura del relativismo.

Los cristianos sabemos que la garantía de la libertad buena y verdadera es Dios mismo y por eso defendemos la fe y sus consecuencias vitales a todo aquel que la quiera recibir.

Los cristianos sabemos que la verdad no es un concepto relativo, opcional, cambiable. La verdad es anterior a nosotros mismos y la garantía de la buena existencia del ser humano, porque la verdad es Dios mismo y ningún ser humano ni todos juntos somos dios.

Los cristianos sabemos que la libertad no es el presupuesto para hacer el mal, sino para hacer el bien y por eso nos oponemos a la ideología del relativismo que niega el bien y la verdad.

Los cristianos somos perseguidos por defender esto, pero merece la pena ser perseguidos. Merece la pena vivir en la libertad que Cristo nos alcanzó. Es lo único que merece la pena en este mundo para no ahogarnos en la desesperanza.

No habrá tierra que ponga “libertad” si no hay tierra que ponga “verdad”.

José Antonio Abellán

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