¿Qué hacemos con nuestros difuntos?

                  Todo fiel cristiano tiene derecho a que, con ocasión de su muerte, la Iglesia eleve a la Divina Majestad oraciones y súplicas en su favor: Son los ritos funerales del entierro y de la misa.

            Por medio de esos ritos se buscan tres fines: orar por el difunto; venerar cristianamente su cuerpo, que ha sido templo del Espíritu Santo, y dar consuelo y esperanza cristiana a los que están afligidos o afectados por la muerte de sus seres queridos.

            Ahora bien, hay que entender que los ritos funerarios implican siempre el entierro del cadáver. Esto es muy importante. El entierro es el momento por el cual se realiza el acto de reconocer que el difunto ha salido de este mundo. Su alma se ha presentado ante el Tribunal de Dios y su cuerpo debe esperar la resurrección volviendo a la tierra de la que fue sacado. Sólo los restos mortales de los que han sido reconocidos públicamente santos por la autoridad de la Iglesia pueden ser expuestos a la veneración pública de los fieles. Las honras fúnebres que se realizan para todos en el momento del entierro se prolongan en este caso de la santidad reconocida, si es posible, a una veneración continua porque son ejemplo de virtud para todos los fieles cristianos, aunque eso no es lo más importante. De muchos santos, por ejemplo San José, no conservamos hoy su cuerpo ni sabemos exactamente el lugar donde fue enterrado y sin embargo seguimos conservando su memoria y honrándolo con veneración.

            Para dar sepultura a los cadáveres de los difuntos están los cementerios (palabra griega que significa dormitorio), el lugar donde duermen el sueño de la muerte los que esperan la resurrección. Esa es la tradición cristiana que ha revestido de fe la conciencia humana del respeto a los restos mortales de los difuntos. Ese respeto a los restos mortales está presente en todos los lugares y en todas las épocas del ser humano desde sus orígenes más antiguos.

             Al extenderse la novedad de realizar la cremación de los cadáveres, que la Iglesia no prohíbe aunque aconseja vivamente la costumbre de la sepultura de los restos mortales, se plantea el problema de qué hacer con las cenizas. Gracias a Dios se está perdiendo la moda de esparcirlas por la tierra o el mar. Todos necesitamos tener un lugar de referencia donde poder señalar la presencia del difunto. Esparcir las cenizas implicaba perder ese lugar de referencia y afirmar consecuentemente la desaparición completa del difunto, cosa que no es verdad porque el difunto no ha desaparecido ni ha dejado de existir: su alma inmortal no puede ser destruida y aunque es verdad que su cuerpo ha muerto, sigue siendo su cuerpo y el alma tiene derecho a su cuerpo, por que es suyo, no es nuestro y nosotros tenemos el deber de respetarlo.

            Ahora hay personas que incineran el cadáver del difunto y prefieren guardar las cenizas en la casa. ¿Eso está bien? A bote pronto podríamos decir que ni bien ni mal, pero si lo analizamos más detenidamente tiene sus consecuencias e implicaciones. Veamos:

1.-Es algo novedoso desde que se ha hecho posible la incineración de los cadáveres. Sin incineración eso no se podría realizar. Nadie se queda con el cadáver del difunto en la casa.

2.-Es posible que en el fondo haga presente la dificultad de aceptar la muerte del ser querido y comprender que la relación con él ya no es posible mantenerla como antes cuando estaba vivo.

3.-Es, quizás, querer mantener una relación con el cuerpo del difunto como único elemento de su existencia olvidando la realidad fundamental de su alma, olvidando que el alma es lo verdaderamente esencial, que el cuerpo es una parte, pero no es el todo y que el cuerpo sin alma no es nada, que el cuerpo necesita del alma. Dirigirse sólo al cuerpo es olvidar el alma.

4.-Guardar las cenizas del difunto en la casa es perder la conciencia de pertenecer a una comunidad humana y cristiana que tiene un lugar común para guardar los restos mortales de los antepasados donde todos pueden venerarlos, orar por ellos y conservar una conciencia histórica común como ciudadanos y como cristianos.

5.-Es, quizás también, afirmar la convicción de que la memoria del difunto depende sólo del recuerdo de los que lo han querido. Cuando ese recuerdo se diluya con el paso del tiempo y de las generaciones ¿qué pasará con esas cenizas?

6.-Es posible que también sea olvidar la verdad del Cielo donde verdaderamente moran nuestros seres queridos difuntos que han muerto en la paz de Cristo y hacer un desprecio de la vida eterna que Dios nos ha regalado y que no está en la tierra sino en la eternidad de su Reino.

7.-Es no apreciar que también los otros hermanos cristianos tienen el derecho y el deber de orar y de conservar comunitariamente la memoria de los fieles difuntos que han formado parte de su comunidad cristiana aquí en la tierra y que ahora los pueden tener como intercesores en el Cielo.

Quizás haya más razones o sinrazones, quizás se den todos los motivos presentados o algunos de ellos. La verdad es que resulta extraño, eso hay que reconocerlo.

Para los cristianos el lugar propio de los restos mortales de nuestros difuntos es el cementerio con sus tumbas y sus posibles columbarios. Hasta el siglo XIX las sepulturas de los difuntos se realizaban en las mismas iglesias o el lugares cercanos a ellas par significar el vínculo de unión de los vivos con los difuntos y tenerlos cerca del Altar donde se celebraba el Sacrificio de Cristo, la Santa Misa. Aquí en Yecla el cementerio era la misma iglesia de la Asunción y sus terrenos aledaños y la iglesia de San Francisco. Por cuestión de sanidad pública el poder civil ordenó que los cementerios estuvieran fuera del límite de las poblaciones donde habitaban los vivos y por eso se construyó el Cementerio Eclesiástico tan querido por todos los yeclanos y en él la capilla donde por los menos una vez al año se puede celebrar la Misa en sufragio de todos ellos. En otras poblaciones se construyeron cementerios civiles. El Cementerio lo vivimos los cristianos como una prolongación sagrada del edificio de la iglesia. Es un terreno verdaderamente sagrado destinado a la conservación y a la memoria de los restos mortales de nuestros hermanos en la fe y de todos los difuntos que se entierran en él en la esperanza de la resurrección.

No consintamos en modas que pueden resultar peligrosas para la afirmación de nuestra misma fe católica. Ayudémonos unos a otros a enterrar a nuestros difuntos y busquemos todos el consuelo de la misma fe. El cementerio es el lugar garantizado donde se pueden seguir dando juntos los tres fines de los ritos funerarios a los que todo fiel cristiano tiene derecho aunque desaparezcan sus familiares más directos: la oración por ellos, la veneración de sus cuerpos y el consuelo de los afligidos.

Al acercarse la festividad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos esforcémonos por vivir con intensidad la fe de la Iglesia y encomendemos a nuestros familiares que han partido de este mundo a la Misericordia Divina y a la intercesión de la Virgen y ayudémonos todos a vivir con esa misma fe la realidad de la muerte y la esperanza de la Vida Eterna y en la futura Resurrección.

Vuestro Párroco

José Antonio Abellán

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