Fiesta de Santa Teresa de Jesús, 15 de octubre.

Pablo VI proclamó Doctora de la Iglesia a Santa Teresa de Ávila el 27 de septiembre de 1970. Pero ¿por qué una monja de clausura llega este punto? Muchos méritos podrían atribuírsele: la reforma de la orden del Carmen volviendo a su esencia, la fundación de 15 conventos de Carmelitas Descalzas siguiendo la reforma, sus escritos y do0ctrina… Pero todo esto no fueron sino frutos de su vida de oración, como el mismo Pablo VI dijo en su proclamación como Doctora:

Santa Teresa es madre y maestra de las personas espirituales. Una madre llena de encantadora sencillez, una maestra llena de admirable profundidad con una misión más que autorizada que llevar a cabo en la Iglesia orante y en el mundo, por medio de su mensaje perenne y actual: el mensaje de la oración.

El mensaje de oración nos llega a nosotros, hijos de la Iglesia, tentados por el reclamo y por el compromiso del mundo exterior, a ceder al trajín de la vida moderna y a perder los verdaderos tesoros de nuestra alma por la conquista de los seductores tesoros de la tierra.

Este mensaje llega a nosotros, hijos de nuestro tiempo, mientras no sólo se va perdiendo la costumbre del coloquio con Dios, sino también el sentido y la necesidad de adorarlo y de invocarlo.

Llega ahora a nosotros el sublime y sencillo mensaje de la oración de parte de la sabia Teresa, que nos exhorta a comprender <<el gran bien que hace Dios a un alma que la dispone para tener oración con voluntad…,que no es otra cosa la oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama>>.

Este es, en síntesis, el mensaje que nos da Santa Teresa de Jesús, doctora de la santa Iglesia. Escuchémoslo y hagámoslo nuestro”. (Homilía de Pablo VI en la proclamación como Doctora, 27-9-1970).

Nosotros podremos haber experimentado el encuentro con Jesucristo a través quizás de los acontecimientos de nuestra historia, pero ese encuentro puede diluirse e incluso caer en olvido por nuestra parte, si no se alimenta y renueva diariamente. Aquí es donde entra en juego el mensaje de oración de Santa Teresa. El cristiano necesita tener “vida de oración”, de coloquios sosegados y largos con Aquel que nos ama. Así es como ese encuentro inicial con el Señor se va fortaleciendo día a día, descubriéndonos de forma cada vez más clara el amor que Dios nos tiene.

Santa Teresa llego a grandes cumbres en este aspecto, llenándose hasta tal punto del Amor de Dios, que sentía como fuego ardiente la necesidad de ser toda suya: “vuestra soy, para vos nací”. Este amor le llevó a ver su “gran vileza”, pequeñez y miseria, a la vez que se conmovía ante la obra de Dios en su vida, instándole a una mayor entrega: “vuestra soy, pues me criasteis, vuestra, pues me redimisteis, vuestra, pues que me sufristeis, vuestra pues que me llamasteis, vuestra porque me esperasteis, vuestra, pues no me perdí: ¿qué mandáis hacer de mí?”.

Tal experiencia de amor lleva al alma a lo que Santa Teresa llama la “santa indiferencia“, el no afectarnos nada de este mundo de tal manera que pueda robarnos la paz y la unión con Cristo, el aceptar por amor a Dios las adversidades y sufrimientos, pero siempre con la certeza de que “El Amado” no nos deja, y que esas circunstancias nos unen más a Él. Nada importa de lo que nos pase: pobreza o riqueza, salud o enfermedad,  vida o muerte, con tal de estar llenos del amor de Dios.

En el poema de la Santa que ofrecemos podemos comprobar claramente esta santa indiferencia. Os invitamos a llevarlo a la oración.

Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna Sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criasteis,
vuestra, pues me redimisteis,
vuestra, pues que me sufristeis,
vuestra pues que me llamasteis,
vuestra porque me esperasteis,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
sólo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mi?

Dadme, pues, sabiduría,
o por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí o allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
sólo vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

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