La fiesta de la Divina Misericordia.

Por voluntad del mismo Señor en unas revelaciones privadas a Santa Faustina Kowalska, su Santidad el Papa Juan Pablo II instituyó la fiesta de la Divina Misericordia para el Segundo Domingo de Pascua.

Divina MisericordiaEn este Domingo el Señor prometió que derramaría generosamente su gracia a todos aquellos que arrepentidos y confesados de sus pecados invocaran la Divina Misericordia del Señor comulgando el Santísimo Sacramento.

Indudablemente que la Divina Misericordia es una llamada de Dios a la humildad. Sólo los humildes reconocen el error del camino y se arrepienten buscando la enmienda; sólo los humildes muestran su arrepentimiento y piden perdón; sólo los humildes son gratos a Dios.

No es fácil la humildad, hace falta una gracia especial del Señor que no niega a quien se la pide. Vivimos en una sociedad que nos ha insistido mucho en los derechos para lo bueno y para lo malo: “Tú tienes derecho a una sanidad pública, a una educación, a una vivienda, a una justicia… a hacer con tu cuerpo lo que quieras, a abortar sin cortapisas, a que la no discriminación te dé los derechos que tienen los demás aunque no se den las mismas circunstancias… tu tienes derecho a que todo el mundo te rinda pleitesía y seas el primero en todo. Tú tienes derecho a ser inocente en todo. La culpa siempre es de los demás… tú tienes derecho y todo y todos los demás tienen obligaciones contigo…” Olé.

Indudablemente que en una sociedad así no es posible la humildad. Por eso una sociedad así tiene problemas para ser religiosa, para ser creyente, para ser humilde. Por la vía exclusiva de los derechos vamos irremisiblemente al barranco de la autodestrucción. Una sociedad así no puede subsistir y una persona así no puede subsistir  tampoco.

Cristo nos llama nos llama a un nuevo estilo de vida donde reconozcamos que antes que los derechos está la misericordia y que estos tienen su base en aquella. Sin misericordia no hay derechos. La misericordia nos hace ver que la relación con las personas no puede ser sólo vindicativa sino también, y mucho, compasiva. La misericordia nos descubre un modo de existir basado en la generosidad, en la paciencia, en el perdón, en el reconocimiento comprensivo de las propias imperfecciones y de las imperfecciones de los demás, en ser condescendiente, en compartir para ayudarse, en hacer de los reales derechos no una bandera para exprimirse, sino una llamada a la vecindad, a la proximidad, a la caridad en su justa mirada, y a reconocer que no tenemos derecho a todo y que no por eso estamos discriminados, que hay cosas y posibilidades que se nos dan no por derecho, sino por amor misericordioso, que es mucho más que el derecho.

La fiesta de la Divina Misericordia nos invita a acercarnos a Dios, fuente de la Verdad y de la Vida y a descubrir que sólo en Él está la verdadera razón de nuestra existencia, que no existimos por derecho sino por amor, por el amor de Dios Creador y Salvador.

Acerquémonos, pues confiadamente a este Trono de la Misericordia que es Jesucristo Resucitado del pecado y de la muerte. En el cuadro que mandó pintar a Santa Faustina aparece el Señor andando hacia nosotros mirándonos con amor, bendiciéndonos y mostrándonos sus llagas y haciendo salir de su Sagrado Corazón unos rayos de luz que son la fuente de su misericordia: el perdón de los pecados en el Bautismo y la Penitencia y la Sagrada Eucaristía. Acerquémonos para ser religiosos y creyentes, para ser humildes y para poder vivir en una sociedad sana y no soberbia, en una sociedad revestida de amor y no de exigencias, en una sociedad preocupada por las personas y dispuesta a ayudarles en sus debilidades y necesidades y no en una sociedad donde las personas no son más que números que valen para intereses de los demás y nunca por sí mismas. Acerquémonos para experimentar una vez la promesa divina de ser herederos del Cielo y miembros de la Gran Familia de los Hijos de Dios con la Virgen María y todos los Santos. Acerquémonos a la Gran Misericordia Divina que es Jesús, el único verdadero amigo de los hombres.

José Antonio Abellán

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