La fiesta de la Natividad de María

A pesar de haber perdido rango litúrgico entre las festividades de la Virgen que jalonan el año, la festividad del 8 de septiembre es celebrada por el pueblo cristiano con notable aprecio. Es la fiesta del Nacimiento de la Virgen María invocada en ese día con multitud de advocaciones: Ntra. Sra. de Guadalupe en Extremadura, de Covadonga en Asturias, de las Virtudes en Villena, de Gracia en Caudete, de la Victoria en Málaga, de las Huertas en Lorca, del Pino en Gran Canaria, de Regla en Chipiona, de Los Llanos en Albacete, de Nuria en Urgel, del Coro en San Sebastian…

Esta fecha del calendario es la que marca la gran fiesta yeclana en honor de la Virgen el 8 de Diciembre, su Inmaculada Concepción, justo nueve meses antes.

La liturgia canta en este día: “Tu nacimiento llenó de alegría al mundo entero”. Y es verdad, la humanidad representada en San Joaquín y Santa Ana saltan de gozo al tener en sus manos y poder abrazar y besar a esta Niña Inmaculada que es la esperanza de la salvación para todos los hombres.

Cualquier hijo que viene a este mundo es un motivo de esperanza para sus padres y para todos aquellos en los que influye su presencia. La Virgen María es esperanza para todos los hombres porque gracias a ella se hará presente en este mundo el Salvador de todos los hombres.

Acudimos todos espiritualmente al hogar de San Joaquín y Santa Ana para ver por vez primera el rostro precioso de la que va a ser la Madre del Señor y Madre nuestra, para ver su sonrisa y sus hoyuelos, para ver sus dulces manos y sus tiernos pies, para oler la fragancia de su cuerpo precioso y deleitarnos con su preciosa mirada. Podemos coger en nuestros brazos a la Virgen recién nacida, hija de la raza humana, que nos cogerá después a nosotros en los suyos cuando la raza humana sea santificada por la Sangre Preciosa del Redentor.

Nadie queda excluido del gozo de este día: los santos porque ven a la persona más santa redimida, los pecadores porque ven la seguridad del perdón de los pecados en la que ha sido librada del Pecado original, los tristes porque ven el pañuelo que seca sus lágrimas y les trae la alegría, los desilusionados porque ven cumplida la ilusión de la Humanidad: una vida plena en justicia y en verdad, los vivos porque ven el Sagrario de la Vida Eterna, los muertos porque reciben la promesa de la inmortalidad, los creyentes porque son confirmados en la fe, los incrédulos porque aprenden el camino de la fe… Todos podemos llenarnos de gozo al mirar por vez primera a la Virgen Bendita y saborear su primera mirada sobre nosotros.

El Nacimiento de la Virgen nos hace mirar con ojos limpios el nacimiento de cada unos de los niños que vienen a este mundo. Su existencia será de menor trascendencia que la de María, sí, pero siempre tendrá trascendencia, y la trascendencia es lo que nos hace vivir y esperar, esforzarnos y luchar.

Vivimos en un mundo sin trascendencia en muchos aspectos y por eso nuestro mundo no es dichoso. Si no hay trascendencia no hay futuro y si no hay futuro todo se envejece y decrepita. Pidamos en este día al Señor por medio de su Madre la Virgen que llene nuestro corazón de alegría verdadera, de esperanza y de trascendencia por medio de la fe. Pidámosle que siempre seamos defensores de la vida, que siempre podamos mirar el futuro con ilusión, que nunca se abata nuestra esperanza. Miremos a María y dejémonos coger por su mano.

José Antonio Abellán.

Párroco de la Basílica de la Purísima.